Bajo la lluvia.

No siempre se puede, al menos donde yo vivo. Y no por falta de lluvias, sino por falta de calor. Cuando llueve suele enfriarse bastante el ambiente, tal vez porque las nubes llegan de un largo viaje atlántico y se costipan por el camino.
Pero esta semana ha sido distinto. Estaba descubriendo nuevos caminos, a la vera de un arroyo, cuando el cielo se enrareció amenazando lluvia. No obstante, tal vez porque llevaba un rato caminando o porque todavía la temperatura no había descendido lo suficiente, seguía encontrándome a gusto sin ropa. Incluso sudaba gracias a la humedad de la zona.
El cielo se encapotó, y aparecieron las primeras gotas. Luego lo hizo con más insistencia. Un chaparrón. Una mojadura. La piel desnuda contra la lluvia. Crepitando sobre un remanso del río. Campanilleando sobre las hojas. Escupiéndome barro a los pies en cada paso.
¡¡Qué sensación!! Única, indescriptible, fascinante. Hacía dos o tres años que no podía saborearla, y tal vez por hacerse esperar tanto, me supo mejor que nunca.
Cuando conjugo bosque, río, lluvia y desnudez me siento más humano que nunca; como un sentimiento primitivo alojado en las raíces de nuestra existencia y que fluye como un manantial de placer por cada poro de nuestra piel.
Si lees esto y tienes oportunidad de probarlo sin poner en peligro tu salud, experiméntalo. No olvidarás jamás esa sensación.
Xouba

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