Al trote.

Ocurrio el verano pasado. Había salido en plan deportista y me encontraba trotando por un bonito bosque de pinos. Hacía calor, y -como no- la ropa me molestaba. Todavía se divisaban las últimas casas y ya me había sacado la camiseta, y no pasó mucho tiempo más antes de que me quedara totalmente sin ropa (salvo las zapatillas deportivas). Así estaba mucho mejor, ahora sí que el sudor al contacto con la ligera brisa que mi cuerpo generaba al desplazarse cumplía la función de refrescar.
A lo lejos entre los árboles y por un camino paralelo al mio, pude ver un grupo de personas que paseaban por la misma zona; tal vez buscando refugio a la sombra del sofocante calor. Seguí centrado en mi carrera, en mis pasos, y en el camino. El mismo camino que unos metros más adelante confluía en otro más amplio, más abierto, incluso más apto para trotar pues no tenía tantos accidentes, y por tanto, también más transitado. Pero eso no se me pasó por la cabeza, lo que me asaltó es que sería mejor ruta para mi pequeña carrera. Me aventuré por él, viendo como a escasos cien metros detrás de mí quedaban aquellos que antes había visto, y que ahora ellos me veían a mi corriendo con mis deportivas en los pies y mi camiseta y pantalón bien envueltos en la mano.
El camino serpenteaba entre los árboles hasta llevarme a un pequeño arroyo que salté sin dificultad, para luego abrirse a una gran explanada sin árboles, pero con vegetación baja. Mi visión aumentaba y me permitía ver a lo lejos a una pareja que también paseaba y que enfilaba mi dirección. Yo seguía centrado en mi trote. De vez en cuando alzaba la mirada y veía que la distancia se acortaba. Cada vez más. Hasta que nos cruzamos. Nos saludamos dándonos las buenas tardes y continuamos, esta vez quedando ellos a mi espalda.
Seguí mi camino y cuando volví a ver las viviendas opté por ponerme de nuevo el pantalón, no sin pensármelo dos veces, o tres. Sigue siendo mi asignatura pendiente. Pero ya he estado más lejos de hacerlo.
De esa experiencia destacar que creo que realmente me olvidé por completo de que iba desnudo, en ningún momento se me pasó por la cabeza claudicar y cubrirme o alterar mi rumbo; simplemente iba pendiente de mis pasos, del camino, y de disfrutar. Tal vez, fuera eso, el hecho de estar enfrascado en otra actividad lo que me hacía despreocuparme de la actitud de los demás hacia mí, aunque realmente hace ya tiempo que no me preocupa. ¿Será casualidad o será una evolución normal hacia el camino de la desnudez absoluta?

Xouba

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