Ahorrar ropa.

En una ocasión una amiga -nudista también- me dijo que a ella “eso” de estar desnuda en la playa o en la terraza de su casa tomando el sol desnuda que “le va mucho”, pero lo “otro” refiriéndose a estar siempre desnuda por casa siempre que le “no le va”.
Cuando le pedí que se explayara un poco en esas parcas definiciones sobre lo que va y lo que viene, me puntualizó que ella el desnudo en casa lo entendía como algo “necesario”, es decir: cuando sale de la ducha, cuando se cambia de ropa, o cuando transita de una habitación a otra y de forma circunstancial va desnuda; pero sentarse a leer un libro, ver la tele, o compartir mesa y mantel en absoluta desnudez que le parecía impropio.
No era la primera vez que me topaba con alguien así, nudistas de primera linea de playa, pero que luego en su día a día, pasaban a “abrazar” de nuevo la “fe” del textilismo. Tras hablar un rato con ella del tema, y confirmarme que lo había intentado llevar a cabo en su casa, con su pareja y su hijo, y que pese a estar a gusto, y resultarle cómodo, siempre terminaban por echarse algo encima sin saber exactamente porqué.
El caso, es que el pasado verano estuvimos juntos en una casita de interior, con su pequeño huerto y patio trasero. El calor apretaba, y la ropa a nosotros nos sobraba. Ella el primer día deambulaba por la casa con su túnica cuan fantasma llegado del mas allá a convivir en el paraiso rodeada de cuerpos desnudos. No lo hacía por reparo, sino por educación. La habían educado así, aunque la costumbre de la gente con la que esos días convivía iba de acorde con su forma actual de pensar, le costaba arriar lastre para levantar vuelo.
Se bañaba desnuda en la piscina con todos, también desnuda; igualmente tomaba el sol en la tumbona; e incluso se duchaba con la manguera del jardín sin necesidad de cubrirse. Pero a la hora de ponerse a preparar la comida, sentarse a la mesa, o simplemente entrar en la casa a buscar algo de fruta que llevarse a la boca, rápidamente se ponía algo encima. Le recordé entonces nuestra conversación de unas semanas atrás dónde la invitaba a que viviera en desnudez, y si ahora al ver a siete personas más a su alrededor llevando a cabo su día a día sin necesidad de ponerse prenda encima no acentuaba esa invitación.
Me reconoció que sí, que se había percatado de lo desacertado de su actitud, pero nunca le parecía un momento acertado para ponerlo en práctica. En ese momento otra de las chicas llama desde la cocina -estábamos en el patio, al borde de la piscina- pidiendo ayuda, a la que ella responde que acudirá en un minuto. “Ahí tienes el momento de cocinar en desnudez”, le dije yo. “Es verdad, voy allá”, y calzándose sus chanclas, enfilo a la cocina. Al poco, las dos mujeres estaban perdidas entre fogones, cacharros y manteles, cada una con sus chanclas y su mandil.
En cuanto la comida estuvo preparada, nos sentamos los ocho a la mesa dando cuenta de viandas y postres llevando como única prenda -l@s más vestid@s- unas zapatillas. Luego vino la cena, los juegos de mesa en el salón, las labores propias del hogar, y tiempo de ocio en el jardín, piscina, y barbacoa, ya siempre en completa desnudez. Sin volver a ponerse nada encima durante los días siguientes y confirmándome a cada momento que disfrutaba más así, que se había equivocado en su planteamiento del nudismo, y que a partir de ahora, se ahorraría bastante ropa andando por casa.
Xouba

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