¿Absurda estupidez?

Pese a que este diario no lo tengo muy al día ultimamente, no dejan de acontecerme anécdotas dignas de figurar en él; espero que los asiduos sepan perdonar este ligero abandono y entiendan que a veces hay otras prioridades que requieren de mi tiempo.

Sin ir más lejos, este mismo fin de semana tras una jornada playera nos acercamos -mi familia y yo- hasta las duchas que están (dónde si no) en la zona textil de la playa, a pocos metros del chiringuito, en frente del aparcamiento, y detrás del puesto de socorristas. Supongo que como en casi todas las playas que se merecen los mimos de las autoridades.

No es que hubiera que hacer cola para utilizar las duchas pero sí que había afluencia de gente porque la tarde ya caía, el día se terminaba, y a much@s se nos ocurrió marcharnos a la misma hora. Ocupo mi grifo, atrinchero mi toalla, mis zapatillas y mi ropa en uno de los percheros. Allí me quedo yo, desnudo bajo la ducha, como hago siempre en la ducha de mi casa, del gimnasio, o de la piscina. No noto ni una mirada de sorpresa, ni un comentario, ni un guiño cómplice al vecino. Más de una docena de duchas a la fila, una veintena de personas por allí entre los que salen y entran de las duchas, y allí estoy yo, en medio del gentío tomándome mi ducha al aire libre.

Lo curioso fue que antes de que terminara de enjuagarme, el padre y el niño que compartían grifo a mi lado también se despojaron de sus bañadores y se ducharon empapando el traje de Adán tanto como yo había empapado el mio.

Dejé mi ducha libre para que la utilizara mi mujer. Ella tampoco lo dudó y se desnudó para ducharse, aunque a esas alturas ya no era la única; no sólo nuestros vecinos de grifo estaban desnudos, algún otro chico y alguna otra chica a lo largo de los otros surtidores también estaban disfrutando de una ducha al aire libre, al atardecer, con la brisa marina, y la desnudez acompañando al agua que resbalaba por los cuerpos.

En cuanto terminamos, desnudos como estábamos nos fuimos hasta nuestro coche que estaba estacionado a unos 50 metros de nuestra posición actual. Tampoco dudamos en continuar desnudos serpenteando los coches aparcados, o cruzar los pasos en la calzada. Al llegar al vehículo, terminamos de secarnos y ponernos -ahora sí- la ropa seca. No sin antes comprobar como alguno de nuestros compañeros de ducha (un de los chicos que estaba unas grifos a nuestra derecha) repetía la misma operación -aunque distinto recorrido- que nosotros.

Vuelve a resultarme curioso, y por ello sorprendente, como algunas personas aunque piensen, deseen, o quieran hacer algo, siempre esperan a que sean otr@s los que den el primer paso. ¿Temor? ¿Imitación? ¿Absurda estupidez? Quizás un día pare a algun@ de ell@s y les pregunte el porqué, yo tengo muy claros mis principios que si coinciden con mis deseos, y no lesionan al prójimo, los llevaré a cabo sin dudar un sólo segundo.

Xouba

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