Ordenando fotos.

Aprovecho que se ha terminado el verano, y cierta tranquilidad vuelve a la vida cotidiana, pues con los días más cortos y el clima que no acompaña, se pasa más tiempo en casa -por ejemplo- ordenando fotos.

Son ya muchos años de cámara digital y son miles las fotografías que se acumulan en los distintos tipos de almacenamiento digital que uso, y la llegada de un nuevo disco duro externo a mi vida me invita a pasar todas las fotos a ese dispositivo, por fiabilidad más que nada.

Me permito repasarlas una vez más, y un montón de recuerdos vuelven a mí tras cada foto. Las hay curiosas, divertidas, anecdóticas, espontaneas, preparadas, … parece mentira que tras ¿decenas? de miles de fotos se acumulen un montón de recuerdos sobre cada una de ellas, es bien cierto que no han creado mejor dispositivo de almacenamiento que nuestro cerebro, aunque de todos modos las imágenes ayudan a pinchar en el lugar oportuno para que ese sinfin de sensaciones vuelvan a nosotros.

Destaco un hecho curioso al revisar y/o reordenar de nuevo todas las imágenes (al margen de las evoluciones corporales de cada persona), y es en aquellas fotos que tomamos en la playa, el campo, o de vacaciones, en las que estamos desnudos. En las primeras imágenes que guardo las personas que aparecen fotografías muestran ciertas reticencias a mostrar sus cuerpos, se ve como -en cierta medida- camuflan aquellas partes de su cuerpo que desean ocultar, incluso en algunas fotos de grupo se echa en falta a alguna persona que en ese momento estaba por ahí pero no deseaba salir en la foto. Luego, afortunadamente, a medida que van pasando los años (coleccionar recuerdos tiene la ventaja de que los años pasan de un click a otro) se aprecia como la gente se siente más distendida ante el objetivo. Y sí, he dicho bien, ante el objetivo y no ante el fotógrafo, porque aquellas más afines al fotógrafo parece que ya desde un principio han abandonado ciertos pudores.

Comparto esta apreciación con otra persona y me da una -creo que bastante válida- opinión al respecto: la proliferación de cámaras digitales en los últimos años, ha propiciado que la gente entienda que las fotografías quedan -casi siempre- entre la persona que está delante y la que está detrás del objetivo, eliminando al técnico de laboratorio que hace años se interponía entre ambos. Ello me lleva a pensar y proponer a mi interlocutor que entonces las personas fotografiadas no mostraban reticencias a tener una impronta de su desnudez sino más bien a que esa desnudez fuese contemplada por terceros ajenos a ella. Acuerda en darme la razón y ampliarla confirmando que efectivamente a la gente (nudista, por supuesto) no la importa que la vean desnuda, pero sí le importa el tratamiento que se la a esa imagen de su desnudez, por ello -por ejemplo-, un nudista se muestra mucho más molesto cuando su imagen aparece en una web o revista pornográfica que cuando aparece en la portada de un periódico de tirada nacional, pese a que en este último esa imagen llegará a más gente.

Continuamos con el pequeño debate por el mismo derrotero que en otras ocasiones ya se ha expuesto aquí, por eso no lo reproduzco. Aunque aprovecho para reivindicar esa milésima de segundo que dura hacer una fotografía, frente al recuerdo que nos deja para siempre.

Xouba 

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