Gozo.

Se supone que lo experimentan los peregrinos al llegar por el Camino a una de las colinas de Santiago desde la que se divisan las torres de la Catedral. Por ello, esa colina, lleva ese nombre: Monte do Gozo.

Motivos profesionales me llevan a Santiago, el trabajo me ocupa la mañana y -contra mi voluntad- parte de la tarde; aunque la cita la dejan para bien entrada la tarde. Me encuentro con un lapso de tiempo en que puedo tratar de descubrir sitios nuevos, y recuerdo que en una ocasión un correo electrónico me apuntaba que en el Monte do Gozo algunas personas tomaban el sol desnudas. ¿Un nuevo sitio naturista? ¿casualidad? o simplemente ¿”balas de fogueo”? La curiosidad me puede, así que, a primera hora de la tarde me voy hacia el sitio indicado. No tiene pérdida: el Camino de Santiago trae a los caminantes hasta una especie de mirador situado en el punto más alto del Monte do Gozo en el que dos grandes figuras de bronce caracterizadas de peregrinos saludan a las torres de la Catedral.

Doy una vuelta por los alrededores, y me percato que en el vértice opuesto al mirador de los peregrinos hay una hilera de setos y árboles que permiten que esa ladera de la colina permanezca ajena a miradas curiosas. Mi intuición me dice que si hay algún lugar en el que tumbarse a tomar el sol desnud@ por allí, tiene que ser ese.

Busco un buen lugar, estiro mi toalla sobre la fresca hierba, me desnudo y me tumbo al sol. Tal vez el sitio no sea frecuentado por nudistas, pero a mí me valía para aprovechar ese lapso de tiempo que, en principio, daba por perdido. De cuando en vez el ruido de algún vehículo quebraba la tranquilidad de aquel lugar. Noto como uno de esos coches se detiene en el cercano aparcamiento. Puertas que se abren y cierran. Y voces. Demasiada casualidad que alguien se desviara del sendero y viniera a parar a dónde estaba yo. De todos modos, tampoco estaba cometiendo un delito, así que, ni me inmuté.

Pero ellos sí. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarme allí, y eso que estaban a unos cuantos metros pues habían elegido una zona con un poco más de sombra para asentarse. Yo continué con mi libro en la mano, y la cabeza apoyada en la pequeña mochila; aunque he de reconocer que intentaba colarme en su vida por el rabillo de mi ojo. Por eso vi como murmuraban y me apuntaban con sus miradas de cuando en cuando. Eran dos chicas y un chico. Se ve que conocían el lugar, pues se desenvolvían con naturalidad. Me sosegó ver como el chico se desnudaba sin dudarlo, y ellas -luego de asentar sus cosas- lo imitaban.

Todavía no habían terminado de situarse cuando veo aparecer entre los setos otra pareja, que saludan con euforia a los que ya estaban. Igualmente se “congelan” cuando comprueban que hay alguien nuevo en lo que parece ser su particular espacio nudista, pues esta pareja tampoco duda en quedarse sin ropa.

En cuanto me incorporo compruebo que sus miradas se dirigen a mi, y levantando el entrecejo les envío un saludo que algun@s corresponden. Vuelven los murmullos y me lanzo a apagarlos. Desnudo, camino hacia ellos y les saludo. Me presento y les comento la particular forma que había tenido de dar con ese lugar. A los pocos minutos de conversación, ya se han relajado y la tensión inicial ha quedado definitivamente enterrada, y es entonces cuando me cuentan las reticencias de ellos al ver alguien nuevo, pues han tenido un par de experiencias poco afortunadas. Me comentan que son habituales, que ya se han cruzado con alguna que otra persona, tanto vestida como desnuda. Que en un principio, entre colegas y amigos dieron cuenta del sitio para ver si conseguían asentarlo como un lugar nudista en la capital gallega, pero que desistieron porque el ambiente se enrareció; es entonces cuando me cuentan la anécdota de una pareja que llegó y se creyó que por el hecho de estar desnudos y en un lugar discreto podían ponerse a realizar un numerito sexual, o el de un señor de cierta edad que cuando los descubrió no tardó en autosatisfacerse a cuenta de los desnudos de las chicas. Los consuelo diciendo que elementos de ese tipo, a veces, incluso aparecen por alguna playa. Me informan que en ocasiones forman un generoso grupo de 10 o 12 personas, pues aunque casi siempre son todos conocidos entre si y quedan para ir juntos, hay un par de parejas que tal vez por casualidad o informaciones llegaron hasta allí y terminaron integrándose en el grupo.

Les hablo de esta bitácora, y que tal vez descubra su pequeño gran secreto con el fin de que otros nudistas santiagueses puedan robar algunas horas al día y acercarse hasta allí y -por qué no- con el tiempo llegar a formar y conformar un lugar nudista en la capital gallega. Ellas apostaron por mantenerlo como está, ellos parecían más abiertos a darlo a conocer. Al final, acordamos que si la bitácora es de corte nudista, se supone que los nudistas se acercarán a ella y agradecerán que se les informe. Pues aquí está la información y la anécdota. Y para que no se diga, saludos a mis compañer@s de Gozo.

Xouba 

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