Yo no me lo pierdo.

Con el amanecer, algunas veces, un pequeño grupo de amigos vamos trotar un rato por los caminos para empezar con buen pie el día. Solemos juntarnos un buen grupito de unas 5 o 6 personas (teniendo en cuenta que a veces ni tan siquiera ha despuntado el sol, merece que le llame “un buen grupito”).

El caso es que con estos amaneceres tan tempranos y -a veces- soleados, el camino y nuestros pasos nos llevan por senderos de monte, pero casi siempre terminan por la playa. Anteayer fue uno de esos días. Cuatro personas. Tres chicos, y una chica, pareja de uno de ellos. Cuando vamos finalizando la carrera, empapados de sudor, y con el escaso sol martilleando sobre nuestras frentes, la playa se antojaba tentadora.

El mar en calma. La orilla infinita. La playa desierta. La brisa que nos daba una tregua. Y nuestro cuerpo pidiendo un baño. Creo que nadie llegó a decirlo, pero nos miramos, y supimos que terminaríamos la jornada deportiva en el agua. Casi sin dejar de correr nuestro calzado quedó sobre la arena, luego las camisetas, y finalmente los pantalones. Bueno, sólo mis pantalones, porque cuando miré a mi alrededor, los demás estaban dudando entre sacárselo o dejárselo puesto mientras miraban con cara de interrogación a la chica que hoy nos acompañaba. Al ver que su chico también dejaba el pantalón en la orilla y que ella sonreía ante la situación el que faltaba por sacárselo se decidió y terminamos los tres en el agua.

La llamamos para que se metiera en el agua, aunque realmente ya lo había hecho: hasta las pantorrillas; porque no quería mojarse la ropa, según nos dijo. “¿Y para qué quieres la ropa?”, pregunté. Sonrió nuevamente, y todos la acompañamos. Su novio la animó. Pero no acababa de decidirse, así que le lancé un “Tú te lo pierdes”. Y nos adentramos nadando en el mar. Lejos de la orilla jugamos como niños salpicándonos unos a otros, sumergiéndonos hasta el fondo, probando a ver quién aguantaba más tiempo bajo el agua; hasta que en una de esas a nuestro lado aparece nuestra compañera nadando. Sin ropa. Alentando por el esfuerzo de darnos alcance y justificando que ella no quería perderse eso.

Al poco volvimos a la orilla, nosotros salimos del agua y ella se quedó dentro, en parte “cubriéndose” con el agua. El otro chico le preguntó si quería que nos girásemos para salir del agua y vestirse. Respondió que no, pero que como todo, necesitaba aclimatarse, que para ella aquello era nuevo y que todavía le faltaba algo de confianza. Le dije que no tenía porqué sentirse obligada, pero que así se estaba de … madre.

Y entonces, mientras salía del agua nos dijo: Pues yo, no me pierdo.

Xouba

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