No en mi presencia.

La visita de una pariente a mi casa me pilla en la ducha. Me avisan de su presencia y advierto que en breve voy a atenderla. Una vez salgo de la ducha me voy al salón donde comparte charla con mi esposa. Ni un comentario acerca de mi desnudez, porque ya en otras ocasiones había estado con nosotros en la playa y en casa, también desnudos. Es una persona como pocas de su edad; destaco esto porque no es habitual encontrarse con una mujer madura -cercana a la edad de jubilación- que muestre la apertura de mente hacia ciertos comportamientos para los que su educación, entorno social, y familiar habían enseñado a despreciar. De todos modos, en ocasiones todavía se le escapan retazos de ese lastre que durante años le cargaron a las mujeres.

El caso es que sentado a su lado charlamos animadamente de varias cosas cotidianas, damos buena cuenta de una merienda, y comentamos brevemente las anécdotas que como rumor suelta la televisión interrumpiendo nuestras conversaciones. Suena el timbre. Me levanto a contestar y abro la puerta. Al ir para sentarme nuevamente en la plaza que ocupaba me pregunta quién había llamado, identifico al joven que en ese momento debía estar subiendo las escaleras, y casi como un dardo me dispara una pregunta: “¿No vas a ponerte nada?”. Encogiendo los hombros, niego con la cabeza a la vez que afirmo que esa persona ya me ha visto desnuda varias veces, y que incluso ha estado con nosotros en la playa compartiendo sol y desnudez.

Rápidamente y viendo que estaba a punto de entrar, me dijo: “Cúbrete, por favor, que me siento incómoda”. La miré y lo hice. Ella me lo pedía con respeto y yo se lo debía.

Una vez el joven se llevó lo que venía a buscar, y tras los oportunos saludos retomé la conversación dónde había quedado. Ella sabía que lo haría y por eso se apuró a justificarse. Me dijo que aunque hubiese compartido desnudez con nosotros seguía considerándola un acto para sus más íntimos, y que quien llegaba podría malinterpretar mi ausencia de ropa. Le dije que no; que no la malinterpretaría porque ya no era la primera vez que sucedía, y también le dije que me había equivocado al considerarla una nudista como nosotros cuando no era más que una persona respetuosa y que ese respeto hacia nosotros y los que estábamos en la playa la llevaba a desnudarse. Por ese mismo respeto que ella nos debía a nosotros yo se lo devolví cubriéndome cuando me lo pidió.

Más que volver a justificarse, mis palabras consiguieron quitarle la razón y reconocerme que era víctima de prejuicios educacionales. Trataría de cambiar. Si se volvía a dar el caso no le importaría compartir estancia conmigo independientemente del número de prendas puestas.

Ya se verá; porque esos tabues que manan como reflejos en un espejo, son los más difíciles de combatir por uno mismo… y por los demás.

Xouba

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