El suelo que pisamos.

Ocurrió la semana pasada, aunque por falta de tiempo, lo comparto ahora.

La tarde lo permitía y aproveché las últimas horas del día para dar un paseo por un bosque con mis zapatillas y una mochila como único atuendo.

El sendero discurría cerca del cauce de un pequeño arroyo, de vez en cuando obligaba a saltarlo y cambiar de ribera. Con el calor que hacía la frescura de tener cerca el riachuelo se agradecía, sobre todo después de que la caminata ya generaba algo de sudor. El chapoteo del agua, el trinar de los pájaros, y el crepitar de las hojas y las ramas bajo mis pies me acompañaron durante todo el rato.

Al rato, el sendero se desviaba obligatoriamente del riachuelo pues una pronunciada garganta impedía que transcurriese con la placidez que lo venía haciendo hasta ahora. Era una garganta estrecha, separada unos treinta o cuarenta metros de la otra pared; no obstante la vegetación recubría ambas laderas, lo que parecía que en ocasiones caminases sobre las copas de los árboles que tenían plantadas sus raices más abajo. Vi como un camino paralelo recorría la otra ladera, pero me centré en el que yo caminaba pues empezaba a resultar algo abrupto con piedras sueltas, raices desenterradas, y sobre todo que algún mal paso podría acabar con mis huesos unos cuantos metros ladera abajo.

La vista era fantástica y la tarde formidable. Hasta que un rugido de motores lo estropea todo. Fui capaz de discernir que eran dos, y probablemente motos, aunque el escándalo que formaban era como el de una estampida de elefantes africanos. Me puse en alerta porque la proximidad del ruido me hacía creer que aparecerían tras la pequeña curva que estaba unos metros más adelante y que por la velocidad que traerían o ellos o yo terminabamos en el fondo del barranco.

Me equivoqué, por fortuna. Aparecieron por el otro sendero, en la otra ladera; las escarpadas paredes de la garganta rebotaban el ruido y por eso me confundió. Los ví claramente quemar metros de sendero entre saltos provocados por las piedras. Y ellos me vieron. Lo sé porque dieron un brusco frenazo que hizo culear sus monturas. Nos quedamos frente a frente, separados por las copas de los árboles que nacían en el rio y los escasos 50 metros que separaban cada ladera. No podía ver sus caras pues sus cascos y unas oscuras gafas se las cubrían por completo. Me quedé allí de pie, frente a ellos, esperando a que preguntasen algo. Hablaban entre ellos y me señalaban con un gesto de sus cabezas. Cuando comprobé que lo único que querían era saciar su curiosidad, me dispuse a continuar mi camino, pero uno de ellos levantó su brazo ejecutando un saludo al que respondí del mismo modo. Se miraron nuevamente y uno de ellos se quitó el casco y gritó preguntando si me ocurría algo, supuse porqué lo preguntaba y me miré de arriba a abajo y les dijé que no, que me gustaba ir así. Se miraron entre ellos, y el que se había sacado el casco me gritó nuevamente que fuese con cuidado que más adelante el camino estaba cortado. Se lo agradecí y me despedí. Comprobé como quedaban hablando mientras yo me alejaba y al poco ya volví a oir el rugido de sus motores alejándose. Efectivamente, el camino estaba impracticable unos metros mas adelante, pero entendí un buen momento para poner fin a mi paseo y volví sobre mis pasos.

Al principio me sorprendía la reacción de mucha gente al cruzarte con ella cuando vas desnudo por el monte, lo primero que te preguntan es si te ocurre algo, sin embargo cuando voy desnudo por la playa nadie lo hace. Lo único que cambia es el suelo que piso.

Xouba

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