¡Alto a la autoridad!

Tarde o temprano tenía que ocurrir. En uno de mis paseos por el campo, ahora que el sol ya luce con fuerza, me tropezaría con la autoridad. Aunque el encuentro no tuvo mucho de inesperado para mí, pero sí para el uniformado. Pero vamos por partes, y detallo los hechos como discurrieron.

Sucedió ayer tarde. Al salir de trabajar, con una agradable temperatura me interné en un pequeño bosque con mi coche. Aproveché un claro para aparcar el coche, desnudarme y guardar la ropa en su interior, e iniciar un agradable paseo. Los primeros paseos primaverales siempre saben mucho mejor que los veraniegos: los insectos te respetan bastante más, la hierba está más fresca, y la desnudez se vive más plenamente luego de un invierno cargado de ropa.

El sendero me lleva hasta la vera de un río -más que un rio, un riachuelo-, de una belleza perturbadora, con los árboles ondeando sobre el pequeño cauce y regalándome su sombra. Continúo caminando río arriba enchido de naturaleza y perdido sobre mis pasos. De repente por la otra orilla del río, en un sendero paralelo, avisto dos mujeres de edad madura paseando con dos niños en dirección contraria a la que yo llevo; igualmente ellas me ven a mi, pero no aparto mi mirada, incluso sonrio y asiento con la cabeza a modo de saludo. Por los gestos y expresiones de una de ellas no le sentó bien contemplar mi desnudez, aunque ciertamente poco pudieron ver pues la maleza impedía una buena visión. Siento alejarse sus voces y sus pasos mientras prosigo mi paseo.

Al poco, me percato de que -como de costumbre- el tiempo ha pasado más rápido de lo que me gustaría y debo regresar. Lo hago por el mismo sendero por el que vine. Llego al coche, me visto, y retorno el camino en busca de una calzada que me lleve a casa. A la vuelta de una curva, todavía en el bosque, un motorista uniformado se cruza en mi camino; con su mano derecha hace una señal indicándome que me detenga y poco a poco se acerca a mi ventanilla. Un segundo motorista, también uniformado ha aparecido en escena y permanece a escasos diez metros del morro de mi vehículo. Ambos visten de verde, y llevan una identificación en sus motocicletas pero no alcanzo a identificarlos.

– Buenas tardes -me saluda educadamente-
– Buenas -igualmente le saludo-. ¿Ocurre algo?
– Si. Unas señoras nos han advertido que han visto a un hombre desnudo paseando por esta zona. ¿Lo ha visto usted también?
– Si, claro. Como que era yo -contesté sin dilación. Y a estas alturas ya había identificado la patrulla de la Guardia Civil por el escudo que lucía en su pecho-
– Ah, era usted -exclamó entre sorprendido y atropellado por la respuesta-.
– Si
Mira de para el otro agente como tratando de preguntarle algo, aunque no consigue arrancar palabra. Se vuelve hacia mí y me pregunta de nuevo:
– ¿Va así porque tiene algún problema?
– ¿Cómo dice?
– Digo que si va así porque ha perdido la ropa o se estaba bañando o tiene algún tipo de enfermedad…
Debo reconocer que aquí la sonrisa de amabilidad que dibujaba mi cara se transformó en carcajada, no se si por lo que decía o porque al guarda también le estaba rompiendo una carcajada entre palabra y palabra. Así que entre mis risas y las suyas, traté de contestarle:
– Ni he perdido la ropa, ni me estaba bañando, ni estoy enfermo, simplemente me gusta ir así por el monte.
– Pues procure que no le vean -acertó a contestar entre risa y risa-
– ¿Porqué? ¿Es delito?
Aquí ya habíamos dejado de reirnos y mis preguntas lo devolvieron a la pasmosa realidad que su compañero no acertaba a adivinar, y que su expresión delataba.
– Tengo entendido que no. Aunque si hay denuncia, tal vez, tendríamos que proceder con una sanción -contestó correctamente, aunque sumergido en un mar de dudas-
– Pero si no es delito creo que no pueden poner sanción.
– Si, eso es cierto -apuntó con condescencia-.
De repente se dibujó de nuevo una sonrisa en su cara, miró hacia su compañero y le hizo una señal para que se apartase del camino. Volvió su mirada a posarse en mi:
– Continúe y buenas tardes.
-Buenas tardes.

Por el espejo retrovisor comprobé como se quedaban hablando entre ellos allí en medio del camino viendo como mi coche se alejaba. Desconozco si el agente venía con intención de multar al hombre desnudo o simplemente de comprobar si era un hombre con problemas. Lo que sí sé, es que mi primer encuentro con la autoridad fue de lo más afable y -por que no decirlo- agradable. Sé que otros encuentros de otras personas, en otros lugares y con otras patrullas no discurrieron de igual forma; aunque los tiempos van cambiando lentamente, al menos yo ya he percibido el cambio.

Xouba

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