En buena compañía.

De todos es conocida mi afición por el senderismo, y si es desnudo -nudosenderismo, como me gusta llamarle- todavía lo disfruto más; pero nada comparable a compartir el paseo con compañía. Mi pareja no es muy dada a largas caminatas por el monte, aunque el pasado verano conseguí arrastrarla conmigo en un par de ocasiones. Realmente fue fantástico: el bosque, el sol, la brisa, y nuestra desnudez en absoluta comunión con la naturaleza.

Reconozco que al principio le resultó extraño, y eso que -si cabe- está más acostumbrada que yo a la desnudez propia y ajena, pero el nuevo entorno la desconcertaba. Sólo en el primer minuto, luego como el que más. Destacando la comodidad y la sensación de libertad que estábamos viviendo.

La primera de las caminatas duró casi una hora. Nos adentramos por espesos caminos rodeados de vegetación, vadeamos un pequeño arroyo en el que aprovechamos para refrescarnos, para terminar saliendo a una playa en la que darnos un buen chapuzón. Luego mojados y frescos volvimos sobre nuestros pasos, hasta que a unos cuantos metros del vehículo y antes de salir a la carretera donde lo habíamos dejado estacionado volvimos a ponernos las ropas.

A los pocos días repetimos, casi el mismo recorrido, sólo que por falta de tiempo lo acortamos un poco más y no llegamos a salir a la playa. La anécdota de esta caminata la puso ella, cuando al volver para el coche me descolgué la mochila para indicarle que había llegado el momento de vestirse, con una rotunda seguridad me miró y me dijo: "más adelante". Continuamos y llegamos al pequeño sendero que lleva a la carretera, y desde el que a unos cien metros ya se divisaba nuestro coche y otros más allí aparcados. Decidí no interrumpir la charla que llevábamos y continuar andando, esperando a que ella eligiese el momento de terminar el paseo nudista. La distancia hacia los coches se iba acortando, incluso pudimos ver (y probablemente nos pudieron ver) como uno abandonaba el improvisado aparcamiento en el arcén de la carretera. Rebusqué en la mochila las llaves y pulsé el interruptor de apertura automática de las puertas, ella abrió y fue entonces cuando me pidió la ropa mientras continuaba con la animada conversación que traíamos.

De regreso a casa le pregunté porqué había decidido no vestirse hasta llegar al coche, y me contestó que ni entró a valorarlo, ni -por tanto- a decidirlo, simplemente lo hizo cuando vio que necesitaba la ropa. ¿Y si hubiera alguien junto al coche? -le pregunté nuevamente-. Supongo que se asustarían pero no creo que salieran corriendo, tan fea no soy. Y una carcajada estalló entre nosotros.
Xouba

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