Baño y paseo.

A lo largo de todo el verano he compartido playa varias veces con una chica, vecina de mi misma localidad, y aproximadamente de la misma edad que yo. La había visto otros veranos en la playa, pero tan sólo habíamos intercambiado saludos y algunas olas cuando coindíamos en la orilla. A principios de este verano un común amigo que la acompañaba ese día, me invitó a sentarme con ellos y desde entonces nuestra relación se estrechó.

Ella siempre había practicado top-less, pero me reconocía que le encantaba el ambiente que se respiraba en las playas nudistas y que tal vez algún día se decidiría a tomar el sol completamente desnuda. Charlamos varias veces sobre naturismo, desnudez, tabues, y falsos pareceres que rodeaban el mundo naturista. A mediados de verano, casi al caer la tarde cuando quedaba poca gente en la playa se quitó la prenda que llevaba quedando totalmente desnuda. Me advirtió que no era la primera vez que lo hacía, aunque siempre aprovechaba las últimas horas del atardecer y la intimidad que le daban las dunas para disfrutar del escaso sol sobre su cuerpo. No tenía nada que temer, había alcanzado la suficiente confianza en sí misma para dar ese paso. Al día siguiente ya no esperó a que bajase tanto el sol. Y al otro día cuando llegué a la playa la encontré desnuda.

Sin embargo cada vez que bajábamos al agua, se cubría nuevamente. Me decía que se sentía más observada. Incómoda. No por otr@s que también estaban desnud@s sino por los que no lo estaban. Le expliqué lo de la herencia del textilismo, que esa sensación es fruto de las miradas que no se hacen pero que podrían hacerse. Le puse como ejemplo su propia situación: ella ahora estaba “vestida”, ¿significaba eso que estaba mirando para l@s que estaban desnud@s? Claro que no. Pero todavía pesaba mucho esos años sin vivir el nudismo.

Un día éramos muy pocos en la playa y el grupo lo conformábamos más gente: cuatro chicas y dos chicos. Tomando el sol estábamos todos desnudos, y cuando alguien propuso un baño así como estábamos nos levantamos y nos fuimos al agua. Ella también. Y me confirmó que era la primera vez que iba hasta la orilla, así desnuda; y que le parecia increible pero no se sentía incómoda, notaba que el grupo la “protegía”. Al fin y al cabo no dejamos de ser animales grupales, y una de las ventajas de las manadas es la protección que brindan. Esta afirmación mia le arrancó una sonrisa e incitó a compartir esa primera experiencia con el resto del grupo.

Al día siguiente volvíamos a estar solos. Tumbados desnudos sobre la arena. Y también en la orilla. Disfrutamos de un plácido baño y de un día de playa exquisito. Le propuse un paseo hasta el final de la playa, y me respondió afirmativamente… pero que me esperase que iba a buscar algo que ponerse. La interrumpí y la desafié a acompañarme así; le recordé que hasta ahora todas las experiencias y avances que había ido dando en la aceptación de su desnudez habían sido muy gratificantes, siempre usando sus palabras. Así que, le garanticé que el paseo no sería menos que los baños de sol o los baños de mar. Dudó. Y me dijo que todavía no se sentía preparada que había mucha gente paseando por la playa y que iban vestidos. No pasa nada. Vé a ponerte algo y vamos a dar el paseo.

Se alejó unos metros en dirección a sus cosas. Se detuvo. Se volvió. Y echó a andar por la orilla mientras me esclamaba un “¡vamos!” lleno de energía. La felicité por su decisión pero no le hablé más del nudismo, desvié la atención a otros temas. Y así transcurrió el paseo, aunque este nos deparaba una sorpresa cuando ya nos volvíamos: se encuentra con una pareja de amigos. Interrumpió nuestra charla para decirme: “¿y ahora que hago?”; mi respuesta fué clara: salúdalos. Se sorprendió, pero los metros que nos separaban de ellos se reducían rápidamente, y en cuanto llegamos al cruce siento a mi lado como les dice: “Hola chicos!”; y le devuelven el saludo. Luego, las presentaciones, la charla, y la despedida. Siento su mirada de reojo hacia mí justo antes de llegar a la toalla y me confirma que había sido una de las mejores tardes de playa, que la experiencia le había valido la pena, que no sabía porqué no se habría sacado antes el bañador, y que no se sintió observada en todo el camino. Repetimos baño y paseo el resto de tardes de playa que el clima tuvo a bien regalarnos. Saludamos a amig@s y conocid@s. Unas veces solos y otras con compañía. Pero siempre desnudos.

Xouba

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