Acoso y derribo.

Llego a la playa y en mi búsqueda de un acomodo que me protegiese de los vientos me cruzo con una amiga. Toda una señora. Educada, habladora, y siempre sonriente. También acaba de llegar y todavía no se ha desnudado del todo, presume de pantalones. Me ofrece un hueco a su lado pero declino la invitación porque sé que gusta de paz para entregarse a la lectura, a la que es muy aficionada.

A escasos metros un hombre solo, de más o menos la edad de mi interlocutora observa toda la maniobra, y tal vez, por su proximidad incluso pueda oir fragmentos de nuestra charla. No le doy más importancia que cualquier otro que anda por allí cerca, aunque ha captado mi atención su mirada clavada en nosotros. Me despido con un saludo y camino unos metros hasta el lugar que había seleccionado con la vista al poco de llegar.

Mientras me saco la ropa veo que mi compañera de charlas ya se ha desnudado; rebusca en su bolso, y comienza a aplicarse la crema. Al momento, casi sin percibirlo, entra en escena aquel señor que tenía la mirada fija en nosotros. La aborda por el flanco izquierdo y cruzan unas palabras, el hombre vuelve a su toalla. Casi sin terminar de estirarse la crema y mientras acondicionaba la toalla para dejar caer su cuerpo sobre ella, recibe un nuevo envite del caballero; parece que no la molesta pues ella incluso le dedica una sonrisa antes de que se retirase nuevamente a su toalla. Pero no se da por rendido. En poco más de dos minutos inicia un nuevo camino hasta la toalla de la mujer, en este caso lleva sus cosas en la mano, habla algo con ella y ahora sí la noto algo indignada.

Ya no puedo más.

Me levanto y voy presto hacia ellos. El hombre al verme se gira y se vuelve a su sitio. Le pregunto a mi amiga si la está molestando y ella me responde que no, que afortunadamente tiene la edad suficiente como para saber desacerse de esos moscones. El hombre ha sido educado, pero un poco pesado -me cuenta-: así como comenzó a estirar la crema, se ofreció para ayudarle por la espalda; en el segundo viaje la invitó a que fuera a su lado pues allí pegaba menos el viento -“me gusta la brisa”, le contestó ella-; y a la tercera, cuando se vino con el equipaje le dijo que se podría él a su lado pues no era bueno que una mujer estuviera sola -“salvo si quiere estar sola”, me pareció una buena respuesta-; y ahí es donde el hombre se tiro de cabeza afirmándole que era mejor que la viesen acompañada pues cualquiera podría molestarla. Ahí no pude reprimir una carcajada y dedicársela al señor que no nos quitaba ojo. “Fíjese bien, en todo el verano nadie me ha molestado tanto como usted hoy” -le respondió, todo de un tirón-; se puede decir más alto pero no más claro.

Me quedo un rato hablando con ella mientras el hombre -que ya ha confirmado sobradamente que hablamos de él- se ha tumbado a tomar el sol sin molestar a nadie, como corresponde. Tiene tiempo a comentarme y señalar con exactitud que muy probablemente eso si le pasa a una chica joven en alguna de sus primeras visitas, es muy probable que salga espantada y se lleve una opinión equivocada de las playas nudistas; opinión que luego transmitirá a los demás. No voy a negar que existan ligones en las playas nudistas, pero tampoco me negarán que existen en las playas textiles, discotecas, pubs, terrazas, e incluso en el mismísimo ámbito laboral (seguro que tod@s tenemos alguno en mente). Por ello hoy voy a romper una lanza a favor del ligoteo en las playas nudistas; y puestos a romper, romperé también una docena de ellas a favor de tomárnoslo como es, sin perjuicio de que la cantidad de ropa que llevemos puesta invite o rechace a la posible pareja. Eso sí, pidamos siempre educación y respeto. El acoso y derribo ya no tienen cabida en una sociedad del S. XXI.

Xouba

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