De vuelta de la playa.

Ayer tarde aprovechando el buen tiempo que por fin ha vuelto salí a darme un chapuzón a la playa con las últimas luces del “solpor”, como llamamos aquí en Galicia a las majestuosas puestas de sol que el horizonte tiene a bien regalarnos en días despejados. Evidentemente prescindí de la ropa, porque la playa en cuestión tiene un uso tradicionalmente nudista; y no estaba por la labor de permitir que dejara de serlo gracias a mi bañador.

A la vuelta como la temperatura era agradable, decidí volver con la ropa en la mano; estaría más fresco, y me permitiría estar en el agua un ratito más. El coche lo tenía aparcado a casi un kilómetro de la orilla de la playa, así que el paseo sería breve pero delicioso. No obstante sabía que me encontraría gente por el camino pero esa gente o volvería de la playa o se dirigiría hacia ella, así que, sabían sobradamente lo que era una persona desnuda.

Inicio mi travesía en primer lugar por las dunas con mis ropas y calzado en una mano. Entre las dunas todavía quedaban algunas personas. Al finalizar el suelo arenoso busco una roca sobre la que sentarme y calzarme pues llegaba a un camino de grava que torturaba mis plantas. Allí desnudo mientras me sacudía las arenas y me enfundaba la segunda zapatilla me sorprende el saludo de un chico que hacía footing; así como yo no me percaté de su presencia hasta que saludó y pasó por mi vera como un relámpago, creo que él tampoco percibió mi desnudez, tal vez la postura en la que estaba ayudó a ello, sumado a que iba centrado en otra actividad.

Recojo mis ropas y continuo mi andadura, pero al ponerme en pie ya diviso a una pareja -chico y chica- que venían por el sendero. Ellos me ven a mi y se detienen. Hablan entre ellos -yo continúo mi paseo acercándome a ellos-, y la chica gira para seguir paseando por otro camino que partía a pocos metros de ellos. Su pareja la alcanza y se acerca a ella, se detienen nuevamente a hablar y enderezan rumbo, volviendo al camino principal y cruzándose conmigo. Buenas tardes -les digo-. El joven me responde devolviendome el saludo. Ella mira en otra dirección y demuestra su mala educación no respondiendo al saludo. No importa, al menos a mí.

Llego al asfalto donde a escasos 200 metros está estacionado mi coche. Ya casi lo diviso desde donde estoy, y un par de coches más junto a él. Voy despacio intentando alargar el paseo. Regodeándome en la vegetación, el trinar de los pájaros y en el suave sol que acaricia mi espalda. De uno de los coches baja un chico con zapatillas y bañador. Lo veo y me ve. Desde la distancia, me mira. Yo continúo andando acortando metros en su dirección. Él mira a su alrededor y vuelve a mirar para mí. Puedo apreciar en su rostro la incertidumbre de la situación: una persona paseando desnuda. Se mete en el coche por la puerta del acompañante. Está unos segundos dentro. Ahora soy yo el que está desconcertado. ¿Qué hace allí?.

Desnudarse. Cuando vuelve a salir había dejado su bañador, y únicamente con sus zapatillas tomaba el camino por el que yo discurría. Con una sonrisa de oreja a oreja se acerca a mí. De nuevo, saludo: Buenas tardes. Y mi saludo sirvió al joven para iniciar una breve conversación:

– Hola buenas. ¿Este camino lleva a la playa, verdad?.
– Sí, efectivamente.
– Esto… -duda un rato, y pregunta- ¿es nudista, no?.
– Eso dicen -y acompaño mi respuesta de una sonora sonrisa-.
– Bueno, pues gracias -y haciendo un gesto con la mano, se despide-.
Aunque se interrumpe a sí mismo y antes de marcharse, pregunta de nuevo:
– Oye, perdona ¿es normal que aquí la gente vaya desnuda desde el coche a la playa?.
– Bueno, si llamas “normal” a lo que hace la mayoría, pues no; pero tampoco es “normal” que la gente vaya desnuda a otras playas.
– Si, es verdad -asiente-. ¿Pero no pasa nada por ir desnudo por aquí, no?.
– En realidad si -sus ojos abiertos como platos delataron la sorpresa, tal vez, esperaba un no por respuesta-, que los mosquitos tienen más donde picar.
Y las risas nos invadieron a los dos.

Se despidió nuevamente continuando su trayecto, y yo el mio hasta llegar al coche. Una vez dentro dudé entre vestirme o continuar así, al menos, hasta mi garaje particular, y luego hasta casa. Todavía me falta un empujoncito para regalarle a mis vecinos la visión del traje de Lady Godiva. Pero todo se andará.

Xouba

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