Como un bostezo.

Día de playa. Soleado, tranquilo, y -sobre todo- nudista. Eso prometía. En el momento de dar el pistoletazo de salida rumbo a las arenas y las olas, suena el teléfono: un familiar descolgado que le apetece playa y se acuerda de nosotros. En unos minutos quedamos de pasar a buscarla por su casa. Y allá nos vamos.

Al entrar en el coche una puntualización: nos vamos a una playa nudista. Sin problema, ya nos ha acompañado alguna que otra vez y conoce de nuestros gustos, y nosotros los de ella y sabemos que no se desnudará.

Nos espera una calita desierta, refugiada del acoso del turismo que en estos días se deja caer con más impetú por las costas. Toalla, crema de protección, sombrilla y bocata. Paseo mi desnudez y la de mi pareja por la pequeña playa, nuestra acompañante luce bikini floreado del que no se retira ni la parte de arriba. Compartimos paseo y juegos en el mar; el tenue oleaje nos permite divertirnos como niños. Ellas se retiran nuevamente a las toallas, mientras yo decido ir un poco más allá y aventurarme fuera de las arenas para conocer un poco el entorno. Me encanta sentir la brisa sobre mi piel, y como el sol seca el agua que todavía me humedece.

Termino mi paseo y me tumbo en mi toalla. Charlamos un rato, pero la tranquilidad y la comodidad del lugar dinamitan mi energía y me entregan a los placeres de Morfeo. Cuando regreso de mi viaje por el limbo me percato que ya no estamos solos, una pareja también desnuda se ha instalado a unos metros de nosotros, y al fondo de la cala puedo apreciar como un pequeño grupo de cuatro o cinco personas se afanan en instalarse. Todavía preso del sueño me quedo tumbado boca abajo sobre mi toalla, hasta que la voz de las chicas me pide que las acompañe de nuevo al agua. Me vuelvo, me pongo en pie, y enfilo la ruta que ellas -a pocos metros- de mi iban marcando hacia el agua.

Al llegar, nuestra acompañante se gira para decirme algo y veo como su sonrisa se torna en indignación, sorpresa, o enfado. El caso es que tras mirarme y fusilarme con la mirada ronronea entre dientes que soy un sinvergüenza. Lo cual no puedo evitar oir, ni mi pareja tampoco. Así que le pregunto por qué dice eso, aunque ya lo sabía, simplemente quería que me lo confirmase. Y lo hizo sin rubor ninguno. La afable siesta había provocado en mi lo que a muchos hombres nos sucede durante el sueño, y como siempre, a mi erección le doy la importancia que debe tener y que en este caso era nula pues no buscaba provocar ningún tipo de excitación en mis acompañantes ni vecinos de playa, y la invitación a refrescarme se me antojó un buen remedio para aparcarla. Sin embargo, a mí si que querían provocarme… un cabreo.

¿Porqué dices eso? -interrogué a mi interlocutora-. La cual me respondió sin mirarme a la cara que era evidente el porqué lo decía, y alargó su respuesta argumentando que “eso del nudismo” aún lo podría tolerar, pero pasearme con “aquello tieso” le parecía una guarrería. ¡¡Vaya por dios!!. Una guarrería es dejarse la colilla del cigarrillo tirada en la arena, tal y como hizo ella antes. Una guarrería es hacerse un pis en el agua. E incluso una guarrería, se me antoja bañarse con la ropa puesta. Esto que me sucede a mi es tan normal como bostezar antes de dormirse, estornudar cuando uno se resfria, o toser cuando se atraganta. A veces el cuerpo no pide permiso para hacer esas cosas, simplemente las hace. Yo no soy culpable de que tu educación no te permita compartir el desnudo, pero si aceptas tolerarlo debes saber que un cuerpo desnudo es algo más que una persona sin ropa: es tener el cuerpo sin cubrir, sin censurar, sin limitarlo a ser parte de un burdo decorado. Mi erección no es más agresiva que un estornudo, ni más sonora que un bostezo, así que si aceptas lo uno porqué no lo otro.

Ante mi retaila de argumentos; tal vez, incluso mi tono agresivo; y por que no, mi capacidad de convicción; mi interlocutora cedió y reconoció su error diciendo que debía reconocer que ella no estaba acostumbrada a eso, que para ella una erección tenía una connotación sexual y que tal vez, llevada por su sorpresa se le escapó el apelativo de “sinvergüenza”. No pasa nada. Perdonada. Y seguramente no cometerá el mismo error, al menos conmigo y espero que con otros tampoco. De nuevo y sin acritud por lo ocurrido, quedamos charlando en la orilla, mientras el mar nos golpeaba en los tobillos y mi erección se desvanecía al cabo de un rato.

Xouba

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