El cáncer del nudismo.

En estos días de playa, monte y también rios, uno tiene la fortuna de vivir experiencias naturistas más que interesantes; lo que le falta es tiempo para compartirlas en esta bitácora. Pero ya llegará el tedioso invierno y sus frios que mitigaremos recordando estos instantes que hoy sólo nos limitamos a quererlos vivir.

En una de mis tardes de playa, una pareja de conocidos se acerca por el camino que da acceso a la zona en la que habitualmente nos colocamos los nudistas y toman posición a unos cuantos metros de mi toalla. El hombre se desnuda y la mujer se queda en top-less. Se reparten crema mutuamente y se van al agua. Tal vez me han visto, o tal vez no; de lo que si estoy seguro es que no me han saludado. Entretanto ellos se bañan y juegan con el suave oleaje, que a mi me acaricia sentado en la orilla. Vuelven para la toalla y se tumban al sol. Y yo continuo mi tarde con mi gente.

Cuando ya había pasado un buen rato mi mirada se dirige nuevamente hacia mis vecinos y ahora la mujer ya se ha despojado de la parte inferior de su bikini y disfruta totalmente desnuda de un baño de sol al lado de su pareja. Él que estaba incorporado dando cuenta de la merienda, se percata de mi presencia y alza la mano para saludarme y siendo cortés me acerco a charlar un rato con ellos. Tras un breve intercambio de saludos y cordial interés por nuestras respectivas familias y comunes amistades salta a nuestra conversación el tema del nudismo. Me confirman lo que ya sospechaba, que el hombre lleva años sin utilizar bañador, y que ella sólo se despoja de la parte inferior de su prenda de baño en contadas ocasiones (de ahí que la blancura de su piel en esa zona delatase esta conducta antes de anunciármela). Al preguntarla el porqué -más por provocar una autorreflexión en ella que por el motivo en sí- me confirma mi sospecha con vanas excusas en las que refugiarse: porque alguien puede reconocerme, porque hay muchos mirones, porque hay días que el cuerpo no lo pide,…

Lo típico. Y cuando me proponía a desarmarla, su pareja se convierte en mi mejor aliado; tal vez el hombre estaba esperando que alguien la hiciera reflexionar, sacase el tema, o simplemente reprenderla publicamente de una actitud que él -al igual que yo- consideraba incoherente. Lo primero que le apuntamos -casi al unísono- es que de igual forma puede reconocerla alguien cuando está con el bikini como cuando está sin él… y porqué en un momento sí, y en otro no. El problema de los mirones lo zanjamos pidiendo que fuera la que mirase ahora a su alrededor y contara cuantos mirones veía, y por el contrario, cuantos nudistas. Y sobre los días en los que el cuerpo femenino lo pide o no lo pide, entendemos que entraba dentro de su intimidad, pero le hicimos ver que todas las mujeres tenían esos días y no por ello renunciaban al nudismo, simplemente tomaban alguna precaución más.

Pero además de llamarme la atención de su pareja el tesón con el que defendía el nudismo, lo autoconvencido que se sentia y la impotencia de no poder convencer a su mujer para que disfrutase regularmente como lo hacía él; fue un comentario en el que no me queda más que darle la razón: “El nudista es un cáncer para el propio nudismo”. Me quedé con la frase tal como suena y le pedí que me la aclarase, a lo que se brindó harto de razón: Verás -me dijo-; los nudistas al tolerar estos comportamientos estamos cediendo pequeñas parcelas de terreno en lo que a la desnudez en nuestras playas afecta, tras esas parcelas vendrán otras, y los que terminaremos quedandonos sin lugares nudistas seremos nosotros, y es una pena que desde nuestras propias parejas, familiares o amigos con los que compartimos playa no se entienda esta postura y se esfuercen por compartirla.

Ciertamente me descolocó. Su razón tiene. Y sus errores también comete. Así se lo hice ver: Entonces, lo que tu buscas es que existan lugares exclusivamente nudistas; porque en el momento en que así sea, sí que nos quedarán muy pocos sitios.

Ante la pregunta-afirmación que le estaba formulando volvió a puntualizarme su postura: A lo que yo me refiero es que cuando un amigo, un familiar, o alguien se presta a acompañarnos previa advertencia de “yo no me desnudo” la mayoría de los nudistas decimos aquello que no importa, que somos tolerantes; pero luego tenemos que comprobar como en otras playas no toleran ni que nos cambiemos el bañador por otro seco.

La conversación continuó por esos derroteros con un toma y daca que no reproduciré aquí integramente para no aburrir, pero la verdad es que a mi amigo no le faltaba razón cuando afirmaba que esa postura de tolerancia generalizada nos lleva a que no nos encontremos con lugares propiamente nudistas. Tal vez desde el colectivo nudista así como se insiste en que no hay playas nudistas ni textiles, y que todo es de todos, también podríamos insistir a aquell@s que nos acompañan -sobre todo cuando nos cae cerca- que “donde fueres haz lo que vieres”, y al menos nos quedaría la conciencia un poco más tranquila al saber que por dejadez nuestra no ha sido; porque no es lo mismo tolerancia que dejadez. Y mientras que lo primero es sano, lo segundo es un cáncer.

Xouba

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