Anécdotas: nudosenderismo.

Así me gusta llamar a caminar desnudo por senderos de bosques o playas, y después de unos cuantos kilómetros he acumulado unas cuantas anécdotas, y eso que siempre voy solo pues ya sabemos que a mayor grupo, más cantidad de casualidades de esas que provocan la hilaridad de los otros. Normalmente me las guardo y me rio con mi sombra como única compañía, pero hoy aquí voy a narrarle algunas porque es muy sano compartir carcajadas con los demás.

La primera que me viene a la cabeza, tal vez sea por proximidad en el tiempo, ocurrió este fin de semana pasado: una vez aparcado el coche al borde de la carretera y próximo a un sendero que se adentraba en el bosque. Dudé entre dejar ya la ropa en el coche o sacármela avanzados unos metros; opté por lo segundo, más que nada porque desconocía donde terminaría el camino. Me bastó una docena de metros recorridos cuando perdí la camisa y el pantalón, los guardé en la pequeña mochila que siempre llevo y con las zapatillas como única prenda continué mi andadura. Ahí estaba yo embebiendome el paisaje, de la brisa que rozaba mi piel, y -porqué no decirlo- defendiendome de los insectos de cuando en vez me utilizan como diana de sus aguijones; paso a paso me adentraba en la espesura, cuando intuitivamente y sin motivo giro mi cabeza hacia mi derecha y contemplo con asombro como un paisano sentado sobre una piedra a escasos 4 o 5 metros de mi daba cuenta de un bocadillo que no le entraba en las dos manos. Nuestras miradas se cruzan, y el hombre se hiela. Y allí quedó, con el bocadillo a escasos centímetros de su boca, con las fauces abiertas dispuestas a deborar el manjar, y los ojos como platos sin dar crédito a lo que veía. ¡Buen provecho! -le saludé-, y lo acompañé de un cortés saludo con la cabeza. Giré de nuevo mi vista al frente y contuve la risa hasta que me sentí protegido por la maleza. La cara de pasmo del paisano no se me borró de la cabeza durante el resto del trayecto, y cada vez que la recordaba volvía a reirme. Supongo que el hombre, al igual que yo, buscaba disfrutar de un lugar tranquilo para entregarse al pecado de la gula y cuando vio aparecer a un tipo en bolas se le atragantó el pecado.

La segunda ocurrió también recientemente, esta misma primavera. El día estaba apacible pero soplaba un viento que incordiaba un poco el paseo por el silbido que generaba en mis oidos, así que rebusqué en mi mochila y encontré un pequeño reproductor mp3 que además de ayudarme a proteger mis oidos, camufla el molesto ruido del viento. Llevaba ya un rato andando y disfrutando de la música cuando un extraño pitido se colaba en los auriculares de mi reproductor de música, pensé que sería la pila; la moví un poco, y subí el volumen, y pareció mitigarse el silbido. Continuo mi paseo y el pitido que no cesaba y cuando ya iba a arrancar el auricular de mi oreja veo un hombre metido entre unas piedras ¡¡tocando la gaita!!. Subrrealismo total. Ni el mismo Dalí hubiera imaginado una escena igual: un tipo en bolas con una mochila al hombro, unas rocas como auditorio natural y un gaiteiro con los mofletes inchados soplando una gaita. Ahí ya me reí en el momento, creo que más por encontrarme un gaiteiro en tan insospechado lugar (luego la lógica me llevó a pensar que el hombre había escogido el lugar por la acústica tan perfecta que le brindaba el rebote del sonido en aquellas rocas) que por la naturalidad con la que el gaiteiro soltó el ‘punteiro’ de sus labios y me saludó con un enérgico “hasta luego”.

Y para terminar -tampoco quiero parecer un abuelete contando batallitas- otra que también me ocurrió entrada la primavera y que tuvo como protagonista mi propia desnudez y una decisión mia respecto a ella: normalmente cuando los insectos están más peleones que de costumbre o si estoy en una zona húmeda, cerca de un rio, o un pantano, en lugar de guardar en la mochila la camisa o el pantalón los cuelgo de uno de los tirantes de la propia mochila, así cuando mi retaguardia se ve invadida por los bichitos utilizo la prenda a modo de matamoscas, sacudiendome la espalda más cómodamente que si lo hago con la mano, luego la vuelvo a colgar del tirante porque la tengo más a mano. Llevaba un rato paseando cuando decidí volver hacia el coche, y como estaba en una zona apartada me fui así desnudo hasta el vehículo. Una vez allí y al querer volver a coger mis pantalones, descubro que no estaban colgados del tirante de la mochila. No me hubiera preocupado volver sin ellos, pero muy probablemente a mis vecinos cuando me vieran pasear desde el garaje hasta mi piso con mis genitales al viento, sí les preocuparía, sobre todo mi salud mental ya que en lugar de pensar que era un nudista que deseaba disfrutar de su ciudad desnudo, se hubieran creido que me había patinado una o dos neuronas y que se me olvidaran los pantalones en casa. Me llené de valor y de fuerzas y volví sobre mis pasos hasta que me encontré el pantalón prendido de una rama. Y vuelta para el coche, donde esta vez sí, ya me enfundé los pantalones y me convertí en el ser cuerdo que mis vecinos creen que soy.

Xouba

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