Me desnudo y no te conozco.

Hace algún tiempo una relación profesional con una mujer terminó convirtiendose en una cercana relación de amistad. Aquellas continuas llamadas por teléfono, aquellas visitas para entregar o retirar documentos, y aquellos correos electrónicos que llevaban más humor que carga de trabajo, pasaron pronto a concretarse para tomar el café de media mañana o el refrigerio al salir del trabajo. Y puntualizo, sólo amistad. Que nadie se lleve a equívocos.

Durante aquella temporada, intercambiamos confidencias sobre nuestros jefes u otros compañeros de trabajo. Nos reíamos de las meteduras de pata mutuas, y nos ayudábamos a solucionarlo. Me resultaba extraño descolgar el teléfono para llamar a su empresa y no hablar con ella. Teníamos una relación de lo más fluida. Sin equívocos ni malas interpretaciones. Es lo mejor para evitarse problemas.

Un día de principios del verano pasado, cuando aún el sol calentaba sin apretar me apresuré a dar un paseo que -como casi siempre- terminaría en la playa. Prevenido, y porque me conozco, llevaba la mochila y la toalla. Evidentemente lo que tenía que suceder, sucedió. El sol que comienza apretar, la playa que se asoma en la lejanía, el sudor que importuna, y la brisa del mar junto con las olas juguetonas terminaron con mis ropas y mi toalla apostadas junto a unas rocas de una pequeña cala vacia, hasta que yo la inauguré. Cómo disfruté de aquel baño, estaba fria el agua, pero se agradecía.

Me tumbé al sol, aprovechando los primeros rayos y relajando de la fatiga las piernas. Recuerdo que me sentía el dueño del mundo, allí sólo, en aquella cala, sin nadie más; con la grata compañía de las aves y el rumor de las olas. Volví al agua, a sumergirme, a nadar, a saltar, y a dejarme acariciar por las olas. Cuando vuelvo mi débil vista hacia la arena compruebo que mi pequeña isla de la tranquilidad ha sido invadida. Una pareja con un niño, han llegado para demostrarme por enésima vez que aquella supuesta ley de Murphy que teoriza sobre una playa desierta, en la que sólo estás tú, siempre llegará alguien que se pondrá a tu lado. Intento permanecer ajeno a la invasión y sigo con mis juegos acuáticos, no sin antes comprobar como la recien llegada familia también se ha desnudado; no sé si por verme a mí, o porque lo venían haciendo siempre.

Tras estar un rato tirado en la orilla, me limpio las arenas y me vuelvo a mi toalla; en ese tiempo, la chica, se ha levantado y viene hacia al agua, más o menos a donde estaba yo pues habían ocupado el imaginario camino que lleva a mi toalla. Para mi sorpresa y por supuesto para la suya, descubro que es mi buena amiga. Una explosión de júbilo me recorre de arriba abajo, más que nada porque para nada esperaba encontrármela allí, no por su desnudez, sino por las casualidades que a veces nos depara el destino. Mi sonrisa, y mi asombro; tal vez, no fueron bien entendidos o tal vez no quisieron serlo. El caso es que la note fria, cortada, distante, y sobre todo incómoda. Con mi cordialidad habitual traté de sosegarla, de cortar un poco el hielo. Pero no lo conseguí. Se acercó su pareja, me la presentó y estuvo muy cordial conmigo; luego el niño, con el que aún nos tiramos unas risas. Una situación incómoda. Muy incómoda. Ella miraba para otro lado; cortaba las frases; y parecía despedirse con cada palabra. Lo dejé pasar. Me despedí rapidamente y antes de que salieran del agua ya agitaba mi mano en el aire gritandoles un hasta luego. Camino y para casa.

Al lunes en la oficina, de nuevo llamada a su trabajo. Como siempre, pregunto si está; una compañera me dice que sí, pero que no puede ponerse. Tal vez más tarde. A la hora del café, aparece su grupo, pero ella no. Al día siguiente, tampoco. Ni al otro. Ni al otro. Al cabo de unos días en una de las visitas a su lugar de trabajo, no pudo evitarme, pero se limitó a entregarme los documentos y hasta la vista.

Hoy me la he vuelto a encontrar. No me ha hablado.

No pasa nada. Y por desgracia, pasará otra vez. Puede que con ella, puede que con otros. Pero hay personas que no están preparadas para compartir la desnudez; la practican presionadas por sus parejas, amigos, modas, o circunstancias excepcionales, pero en cuanto esa práctica se cruza con su otro entorno, vuelven los prejuicios y los lastres. El “qué dirán” pesa más que muchos roperos. Y la verdad, la mayoría de las veces nadie dice nada, salvo un@ mism@.

Xouba

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