Navegando por el mundo.

A poco que uno leve anclas, ice velas y agarre el timón de su ratón para adentrarse en las aguas de la red, por los mares del naturismo, se encontrará con multitud de páginas de los cinco continentes.

Partiendo de la piel de toro, y paseandose por la Vieja Europa te encuentras con unas sociedades, legislaciones, y aceptaciones del desnudo en común que poco tienen que ver con el adjetivo de “vieja” que acompaña al nombre del continente. Tal vez nuestras sociedades hartas de enfrentarse durante siglos, buscan pocos puntos de roce y optan por respetar las libertades individuales más que en ningún otro sitio.

Si los bits de alisios tienen a bien empujar nuestra nave al Nuevo Continente, aquel que se dio a conocer al mundo hace más de 500 años por un ilustre navegante, nos encontramos con todo lo contrario. El adjetivo “nuevo” no hace gala de frescura, sino más bien todo lo contrario si atendemos a los vientos que soplan desde el otro lado del Atlántico. Se están quedando caducos. Y es una pena, porque el entorno, las gentes, y los pueblos del sur continental tienen una larga tradición de convivencia en armonía, desnudez e integración con su entorno; pero el gigante del norte ha conseguido imponer algo más que su sistema, sino también su organización social y su hipócrita moral.

Al cruzar el Pacífico, tocamos tierra en la Polinesia, para llegar al continente Australiano; el nudismo se vive a caballo entre la tolerancia de una sociedad que se mira más en el espejo europeo que el americano y una legislación que va a la cola. No llegan al nivel de aceptación que tenemos por aquí, ni tampoco al de censura americano.

Asia y África, son para mí los más desconocidos. El idioma no ayuda y de las pocas imágenes que se pueden encontrar en la red, no transmiten nada, ni de convivencia, ni de aceptación, y mucho menos sobre la situación actual. No obstante, el continente negro con todo su esplendor, su magnitud, su virginidad traicionada por siglos de abusos y guerras, invita a vivir en sus selvas, oasis, sabanas, o costas, en completa armonía con ese derroche de naturaleza. Tal vez sea el refugio del turismo naturista de siglos venideros; ese “tal vez”, dependerá del sosiego de sus tribales enfrentamientos.

De momento, me quedo con la piel de toro; en esta esquinita del mundo, allá donde se terminaba según los romanos, o aquí donde empieza para muchos de nosotros.

Xouba

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