A lo mejor nos lo tenemos merecido.

Un agradable encuentro con un amigo al que no veo desde hace tiempo termina con ambos en la mesa de un bar refrescando la garganta pues se había secado de contarnos -atropelladamente- las cosas para ponernos al día.

Entre lo mucho que nos contamos me pregunta si sigo yendo a la misma playa, en alusión a aquel verano en el que coincidimos unas cuantas veces en un precioso arenal. Le confirmo que aunque no soy tan fiel como antes, la visito cuando puedo. Me pregunta si sigue igual que entonces: tan natural, tan salvaje, tan inaccesible. Afirmativo. Afortunadamente todavía quedan parajes que muchos no han descubierto.

Entonces se confiesa y me cuenta que allá donde el vive ahora tenían una playa preciosa, que le recordaba mucho a esta que disfrutó aquel verano, también era nudista y también poco accesible. Aunque el sueño le duró poco. Al verano siguiente de llegar allí un promotor puso los ojos en un terreno cercano. Antes de que terminara el verano una urbanización se levantaba cerca de la playa, respetando los límites fijados por la ley, aunque el bueno del promotor para facilitar la venta de los adosados tuvo la cortesía de ampliar el camino que lleva a la playa. Ese verano la playa se masificó. No sólo iban los propietarios de la urbanización, el camino atrajo a los turistas como las moscas a la mierda. Los nudistas se arrinconaron en la esquina de la playa más alejada del camino. Al verano siguiente eran menos. Motivados por el empuje del turismo-masa los dispersaron a otras playas.

Mi amigo me contó que él y su novia resistieron. Se aferraban a su pequeña parcela nudista y que al segundo verano de la nueva era (la del camino) pocos quedaban. Al llegar agosto sólo iban a la playa él y su pareja con el traje de Adán. La gente no les decía nada, pero los miraba con cara de haberse escapado de un manicomio; los adolescentes buscaban la perpendicular de la entrepierna de su novia; las mamis-marujas le daban la espalda intentando cubrir el ángulo de visión de las miradas inocentes de los crios; y los maduros cincuentones se bajaban a la orilla raudos y veloces cada vez que su novia se refrescaba.

Con ese panorama y pese a que estaban dispuestos a resistir abandonaron en búsqueda de nuevos lugares; en uno de ellos se toparon con algunas parejas que conocían de su paraiso perdido. “Si nos organizamos, podemos recuperar territorio” -les dijo-. Asintieron, e incluso comentaron que se podría hablar con tal o cual para ver si se juntaba más gente. “Siempre nos hemos quejado del acceso y ahora que lo tenemos no podemos renunciar porque los textiles frecuenten la playa” -continuó diciéndoles-. Caras de condescendencia, afirmación sobre lo propuesto, incluso algún que otro jaleo y garra para comerse el mundo. ¡Manos a la obra!. Organicemos una visita masiva de nudistas. Llamemos a todos aquellos que conozcamos y vamos allá el próximo domingo. Preparados, listos… ¡ya!. La ‘reconquista’ había comenzado.

Solo en sus mejores sueños. Ese domingo de finales de agosto. Él y su novia volvieron a ser el objeto de miradas adolescentes, morbo de maduritos y pecado de las mamis-marujas. No apareció nadie. Ni tan siquiera llamaron para disculparse.

Cundió el desanimo, la desazón, y la sinrazón de ver como debía abandonar aquella cala que tanto le gustaba por la “presión del entorno”. De vez en cuando la visita, en mayo o como mucho principios de junio, cuando nadie se acuerda de los arenales y en parte se parece a aquel paraiso perdido que un promotor se encargó de situarlo en el mapa con un camino.

No me ha tocado vivirlo, pero si oirlo, y desafortunadamente no sólo una vez. Tarde o temprano los secretos sitios de los que disfruto con los mios serán redescubiertos y reinventandos, y en ese descubrimiento hay mucha tela. Resistiré e intentaré la reconquista, pero igual necesitaré más de setecientos años para llevarla a cabo.

Xouba

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