Así como lo cuento.

Una pareja de amigos y yo, salimos del hotel, paseamos un rato a la sombra de los árboles que hay en la entrada. Nos entretuvimos mirando las cosas que la pequeña tienda exhibía entre bronceadores, sombreros, flotadores y otros objetos veraniegos y continuamos nuestro paseo; que al poco se convierte en una caminata por lo acelerado del paso.

Como el camino que utilizamos otras veces estaba cortado por una valla de obra, continuamos un poco más arriba, hasta el borde de la carretera donde había otro acceso. Varios coches circulaban con prisa por la calzada y el tráfico para lo avanzado de la mañana me parecía bastante notorio, y así lo comentamos junto con otras cosas. Continuamos nuestro paseo hasta un edificio que hacía las veces de supermercado, pub y recepción de entrada a unos apartamentos y la conversación que traíamos nos invitó a entrar a preguntar y aclarar unas dudas. La señorita amablemente nos atendió, pero no pudo esclarecer lo que le preguntamos, así que llamó a otra persona que hizo poco más que enrevesarnos las ideas. Nos despedimos, no sin antes llevarme unos folletos de los apartamentos que alquilaban. Nunca se sabe.

El camino nos llevó hasta la urbanización en la que el año pasado esta pareja había alquilado un apartamento y aprovechando que unos vecinos abrían el portal, nos colamos dentro. La gente retozaba sobre el cesped, no disfrutaba nadie en la piscina -y eso que el sol de justicia que estaba pegando, más que invitar, obligaba a refrescarse-, y la mayoría sesteaba en el porche de los apartamentos. Me llamó la atención el silencio que se respiraba, sólo quebrado por los motores de los coches que llegaban a nosotros en la parte más alejada de la entrada, esa que linda con la carretera por cuyo arcén antes paseamos.

De allí a la playa, buscando una brisa fresca y el mar para retirarnos el sol y el sudor del cuerpo. El paseo por la playa fue más relajado, con sucesivas entradas y salidas en el agua hasta que llegamos de nuevo a la parte de atrás del hotel; donde antes de acomodarnos de nuevo en las tumbonas nos despojamos de toda la ropa que habíamos llevado puesta hasta entonces y que nos acompaño en la hora que duró el paseito: las zapatillas.

Espero y deseo que algún día, esto que así como lo cuento aquí no sólo sea habitual en Vera; sino que me permita ir tan cómodo como me parezca allá dónde me encuentre. Espero y deseo.

Xouba

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