Un sueño.

La noche pasada soñé que iba desnudo por mi ciudad.

Era una sensación absolutamente real. En más de una ocasión me había pasado, pero casi siempre la ubicación era una bonita playa desierta o un frondoso bosque; ambos lugares con muy poca presencia humana, tal vez por mi pasión por los sitios solitarios.

Me despertaba por la mañana, y un plácido día de verano me alumbraba con sus tempraneros rayos de sol. Me duchaba, y saciaba los rugidos de mi estómago con un frugal desayuno. Hasta entonces mi desnudez cotidiana no alteraba mi sueño. Pero entonces es cuando tomo la puerta de mi casa y así con las zapatillas como única prenda me planto en la calle.

Saludaba a mis vecinos. Me acercaba a comprar el periódico del día. Y en un alegre paseo al sol del verano me dirigia a mi puesto de trabajo… ¡¡totalmente desnudo!!. Nadie me miraba extrañado, nada de caras de asombro, nada de murmullos soeces, tan solo una absoluta y tranquila normalidad.

Recuerdo a todos vestidos: el barrendero, el kiosquero, la portera del edificio de enfrente que cada mañana limpia el portal, el carnicero, la panadera,… y yo desnudo.

De repente un terrible pitido, escandaloso e inoportuno me devolvió a la oscuridad de mi habitación, al frio invierno, y a buscar a tientas el interruptor que acallara al despertador.

¿Porqué las cosas buenas duran tan poco? ¿Porqué es sólo un sueño?… tal vez un día…

Xouba

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