De niña a mujer.

Así tituló en su día un paisano mio una canción para su hija. Este no es el caso, aunque el título del artículo sintetiza bien la anécdota que les cuento y que me sucedió este verano cuando estaba disfrutando de un fantástico día de playa junto con un grupo de amig@s. Al poco desde el camino que llega a la playa veo que se acerca una jovencita, que no llegaría a los veinte años, pero que emanaba el glamour de una actriz de cine. Su pamela, sus gafas de sol, su pareo, un pequeño cesto y un discreto top le conferían más estilo que el mejor traje de la moda parisina. Serpenteaba entre la gente buscando a alguien, incluso pasó por delante de mí y en ese momento me vino una imagen anterior de ella a la cabeza. Sacó un teléfono móvil y realizó una llamada, en ese instante de un grupo de jóvenes uno alto, rubio y de su misma edad se puso en pié y agitó la mano. La joven se acercó al grupo estiró su toalla y se tumbó desnuda a continuar la conversación. Las marcas blancas que dejó el bañador sobre su piel durante años, delataban que no hacía mucho que prescindía de él.

Me dije a mi mismo que estaba cumpliendo demasiados años. La imagen que recordaba tenía como protagonista a esa jovencita jugando con sus muñecas, saliendo del colegio de mano de sus padres, y más tarde tonteando con los niños del barrio.

En la orilla, tumbado tras disfrutar de un agradable baño, vi de nuevo como se acercaba al agua de la mano del joven rubio que atendió su llamada. Ella me miró, pero no quiso verme. O al menos eso creí, porque al salir del agua, vino directa hacia mi posición con la misma sonrisa que de niña lucia con arrogancia y simpatía.

Allí de pie en la orilla charlamos un rato. Me comentó que no esperaba encontrarme allí, a lo que le respondí que tal vez por eso no me saludó de buenas a primeras; su sonrisa cómplice la delató. Luego continuó diciéndome que se dijo a sí misma que si había dado el paso de desnudarse para luego esconderse o negarse no volvería hacerlo, y que yo al estar desnudo le aporté la confianza necesaria para acercarse a hablar con la primera persona conocida con la que se encontraba. Le ayudé a vencer sus temores afirmándola y confirmándole que no hay nada ni a nadie quien temer, que si se siente a gusto debe identificarse con el grupo y sobre todo disfrutarlo.

Hablamos más rato hasta que casi se nos escapa la tarde de las manos, y nos incoamos a volver a saludarnos cuando nos encontráramos. Y así fue, el resto del verano. Allí, casi cada tarde, al pie de la orilla hablaba con aquella mujer que no hace mucho era una niña.

Xouba

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