Era pecado.

Un amigo me cuenta que un día conoció a una mujer que pese a estar en el ocaso de su vida le aseguró que jamás se había desnudado; al menos desde que ella tenía memoria.

Muy joven la ingresaron en un convento porque su familia no podía darle una formación, demasiados hijos, demasiada hambre, o demasiada necesidad. El caso es que pasó su niñez y su adolescencia entre los muros del convento y poco más. Cuando iba a ser ordenada monja, abandonó. Un apuesto chico la apartó de la mano de Dios. Y luego se apartó de ella.

Le ataca entonces una enfermedad mental que la obliga a refugiarse más aún en la religión pero nunca volvería al convento. Intentaría integrarse en una sociedad para la que no fue criada, tal vez por eso, sólo lo intentaría. Y ahora casi al final de sus días, muy anciana, presumía ante los cuerpos desnudos y semidesnudos que aparecen en las revistas de que ella jamás se había quitado la ropa, y mucho menos mostrar su cuerpo desnudo al espejo.

Aceptaba con naturalidad el desnudo de los demás, incluso gustaba de que nuestro común amigo le contara anécdotas sobre los lugares nudistas que visitaba. Su desconcertante respuesta cuando le preguntó el porqué de tantos años con las telas a cuestas fue sencilla, a la vez que sincera: es pecado.

Tal vez debiera decir: es educación. Años de convento que minaron su infancia y su desarrollo como persona le dejaron como factura impagada una depresión jamás reconocida y un lastre de tabues y “pecados” que su fragil cuerpo, y mente, no podían portar.

Xouba

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