El campo y el animal.

Aprovechando que estamos de pleno en época de los primeros calores, he disfrutado estos días de alguna que otra escapada a la playa y a la montaña. Lugar idoneo este último para la práctica nudista, aunque defestado por la mayoría de nuestro colectivo que sólo entienden la desnudez con el fin de broncearse, asociando el bronceado con la playa. Ell@s se lo pierden.

Ahí me encuentro aparcando el coche a la entrada de una senda y cargando con mi pequeña mochila con los bártulos imprescindibles para un paseo de montaña (un improvisado botiquín y un teléfono móvil, además de las llaves del coche). Apreciaba la ligera brisa mientras caminaba al descubierto de la frondosidad, pero en cuanto me sumergí en ella se transformó en el suave rumor de la copas de los árboles.

Paz, mucha paz. Allí, a la sombra, en completa desnudez, con la brisa acariciando toda mi piel, y el trinar de los pájaros acompañando mis pasos.

Decidí tomar el camino que me llevaría a la cima de la montaña. Agreste, duro, y muy empinado; tal vez, me pilla en baja forma. Pero continuo más por el placer del que estaba disfrutando que porque el camino invitara a ello. A pocos metros de la cima, la frondosidad se convertía en espesura; el camino perdía pendiente pero a la vez se hacía más angosto; la vegetación y virginidad del camino delataba que habían pasado muchos días -tal vez meses- desde que una persona pusiera el pie en él. Me gustaba. Mucho.

Y ahí estaba yo, con más de tres kilómetros a mi espalda de dura subida sin cruzarme con más que algún que otro mosquito -que también abundan en esta época- y algún pájaro furtivo escapando a mi paso. Fin del camino. Así, sin previo aviso, pero en una especie de mirador natural que cuan balcón privilegiado me regalaba un paisaje de belleza indescriptible. Me regodee. Me llené de belleza.

Y en aquella soledad, con el susurrar del viento de vuelta en mis oidos me descubro al girarme como un rebaño de vacas salvajes tiene sus ojos clavados en mí. No las había oido llegar o tal vez no había podido porque mi cerebro estaba distraido jugueteando con el paisaje. Por mi cabeza no se pasó en ningún momento la sensación de temor, quizás porque no mostraron agresividad ni recelo, simplemente, se pararon, me miraron, y continuaron su camino.

No era la primera vez que me encontraba con un animal pero debo reconocer que era la primera vez que el animal me encontraba a mi. Sus miradas en las que vi reflejadas mi desnudez me transmitió sin palabras, que allí, con la naturaleza como testigo y con la misma cantidad de ropa sobre la piel buscábamos lo mismo: paz.

Más pleno que cuando lo inicié, retomé el camino. Volví sobre mis pasos. Y llegué a mi coche, que me devolvió a la ciudad. En el primer cruce, el claxon de otro vehículo nos obliga a frenar bruscamente a mí y a otros conductores, mientras el que lo había hecho sonar se saltaba su señal de preferencia. Como había dicho: no era la primera vez que me encontraba con un animal… en plena ciudad.

Xouba

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