Desnud@s por casa.

Es una “mala” costumbre que tengo. Me encanta estar desnudo, y en casa más. Mi refugio, mi hogar, mi familia, mi vida, está entre esas cuatro paredes y me siento pleno entre ellas, sobre todo cuando compartimos desnudez. Lamento estos días frios de invierno que te obligan a ponerte algo encima o a soltarle unos cuantos euros de más a la compañía eléctrica. En este caso, apuesto por la ropa, que tambien es una forma de ayudar a preservar el medio ambiente.

A lo largo de estos años en donde la desnudez cotidiana en mi hogar se ha implantado hasta límites térmicos que nunca habría imaginado no sólo he recibido visitas, sino que he compartido mi vivienda con amig@s y es aquí en el día a día dónde te das cuenta de muchos nudistas de playa actuan con recelos de puertas para adentro.

Como la mayoría de mis amig@s son también nudistas, nunca han puesto reparos al visitar nuestra casa o quedarse unos días en que nosotros disfrutaramos desnudos del hogar. Aunque reconozco que salvo honrosas excepciones la mayoría se han sorprendido. En cierta medida, me he dado cuenta que el desnudo todavía tiene límites en nuestra cabeza.

La fortuna me ha llevado a vivir muy cerca de la playa, muchas de ellas en las que se pueden pasear kilómetros de orilla totalmente desnudo; así que no son pocos los amig@s que solicitan alojamiento en verano a los que ofrezco con toda mi buena fé y hospitalidad. Me he encontrado paseando desnud@s por la playa toda una tarde y al llegar a casa pegarnos una ducha, salir de la ducha totalmente desnu@s, cruzarnos en el pasillo a comentar lo que nos deparaba la cena o la velada, y de repente al sentarnos en el salón me descubro desnudo y a ell@s con una camiseta, un pareo, o similares. Al poco terminan dándose cuenta de lo absurdo de la situación, y si no lo hacen directamente se lo comento yo.

Luego de pasar unos días en casa retornan a las suyas y efectivamente se dan cuenta de que el desnudo en casa es tan apto o más que el desnudo en espacios abiertos. Como naturistas me comentaron que su periplo de desnudez cotidiana se limitaba a no cubrirse si no era extrictamente necesario, pero no a convivir desnudos. Ciertamente encontraban ilógico el hecho de vestirse para sentarnos en el salon o jugarnos una partida de cartas, pero me argumentaban que el hecho de cumplir con lo “establecido” durante años les llevaba insconscientemente a eso, y ahora al experimentarlo se daban cuenta de la pequeña metedura de pata que estaban cometiendo.

Me lleva esto a pensar que mucha gente que dice ser nudista de hogar, no lo es plenamente por dos motivos: su desnudez se limita a ampliar el espacio en el que se mueve desnud@ (de la ducha a la habitación, de la habitación a la ducha) pero no se reparte por toda su casa, es decir, no cocina, no friega los platos, no se sienta a ver la tele o leer un libro en completa desnudez; y segundo, su desnudez no es compartida, es decir, que aunque tenga la oportunidad de hacerlo prescinde de ella. Y lo que es peor, tanto un motivo como otro suelen estar causados por prejuicios y estos son nuestro principal caballo de batalla. Así que tratemos de vencerlo día a día. Por ejemplo, hoy en casa, puede ser un buen día.

Xouba

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