Cuando fuimos niños, y cuando dejamos de serlo.

Tirando otra vez del baul de los recuerdos, no puedo dejar de ver en mi cabeza como jugueteaba en la playa que había a pocos metros de mi casa. Cualquier disculpa era buena para descalzarse y correr sobre la arena, entre plásticos, maderas, algún cristal roto, y en más de una ocasión el cadaver de un mamífero que devolvía el mar y que animaba nuestras horas de juegos enterrándolo. Porque las playas de entonces no son las de ahora. Sobre todo en invierno cuando los escasos turistas que nos visitaban demandaban más limpieza y a ellos sí se les hacía caso.

Con la llegada del buen tiempo, primavera sobre todo, y algún día de calor que nos sofocaba tras correr un rato con el balón en los pies, no dudábamos en desnudarnos y pegarnos un chapuzón. Niños y niñas, sin más preocupación que la de poner la ropa a salvo para que con los despistes no la llevara la marea. Condescendientes nuestras madres nos miraban desde las ventanas de casa, y los abuelos desde el malecón en el que aprovechaban el sol como los lagartos. De vez en cuando un grito que nos alertaba para que no nos alejásemos mucho de la orilla, y al que no hacíamos mucho caso.

Cuando saliamos del agua, siempre lo haciamos con el tiempo justo para secarnos y enfundarnos la ropa. Aprovechábamos para hablar de nuestro cuerpo sin rubor, y con la inocencia propia de los niños. Curiosidad natural.

De repente todo cambió un verano, no hacía mucho que unos días antes estuvieramos tod@s juntos bañándonos sin nada encima e incluso habíamos comentado algunos cambios que nuestro cuerpo ya empezaba a aventurar, tanto el de las niñas como el de los niños; pero no fue más allá de unas inocentes risotadas. Recuerdo que ese día y tras zamparnos el bocadillo de mediatarde, nuestras madres sentadas en corrillo y hablando de sus cosas, nos dijeron aquello de: “a cambiarse que nos vamos”. Y ni cortos ni perezosos, como siempre veníamos haciendo nos apresuramos a sacarnos el bañador (cuando íbamos a la playa, con intención, llevábamos el bañador… aún hoy no entiendo porqué), a lo que nuestras madres nos increparon que nos cubriesemos con las toallas para cambiarnos, y lo acompañaron de un discursillo de que si al llegar una edad no era cuestión de ir desnudos como en la selva. Palabra de madre. Y así fue, tal vez el peso de la semirregañina o el hecho de que fuese colectiva impartida por todas las madres hacia todos los niños y niñas, que cobró rango de ley inquebrantable. No volvimos a bañarnos juntos desnudos; siempre tuvimos la precaución de quedarnos con la ropa interior lo que hacía que tardáramos más en regresar porque había que esperar a que secara. Con el tiempo las niñas ni eso, al parecer alguna madre también les apuntó que no debían ir así en la playa.

Creo que en ese periodo dejamos de ser niños. Más por voluntad ajena que por la propia. La sociedad sexo-desnudo que nos quisieron hacer ver, para nosotros no existía porque uno de los parámetros tampoco existía salvo en las mentes de los adultos.

Por fortuna, a mí me duró poco esa imposición, tal vez por mi caracter o mi afinidad a plantearme todo lo establecido como universal. Algunos de aquellos niños y niñas coincidimos luego con unos cuantos años más en la playa, y volvimos a jugar con las olas, la arena y el balón. Eso sí, desnudos.

Xouba

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