La duquesa y el rey.

El título de este artículo bien podría ser el de una novela de corte medieval o renacentista; pero nada más lejos de esa realidad, y demasiado cerca de la nuestra.

Resulta que días atrás un programa de televisión, no recuerdo cual (o quizás como estamos en año quijotesco, debiera escribir “de cuyo nombre no quiero acordarme”), un pseudoperiodista o colaborador -como gusta de llamarse ahora a los componentes de los corrillos o mentideros de antaño- apuntó que la nobleza de nuestro país todavía gozaba de ciertos privilegios ante la prensa, sobre todo a la hora de guardar ciertos secretos, aunque claro como los “colaboradores” no son “prensa” largan esos secretos a poco que les ponen un micro delante porque de algo tienen que comer y como no dan la talla para llenar una columna diaria en cualquier periódico, se dedican a soltar la lengua porque les resulta más cómodo, gratuito, y sobre todo más infame. En fin, demagogias aparte, continuaré con el asunto que me ocupa.

El “secreto” en cuestión era que en una ocasión los paparazzi (estos son pseudofotógrafos) habían tomado unas instantaneas del rey de España -Juan Carlos I-, desnudo tomando el sol en aguas del Mediterraneo, e incluso zambulliéndose en el mar como dios lo trajo al mundo. Nada fuera de lo normal, es más, apuntaría que cualquiera que tuviese la oportunidad que brinda una embarcación y la linea del horizonte como compañía también lo habría hecho. Pero en este caso se trata del jefe del estado y la situación tomaba un cariz excepcional, no porque estuviera desnudo, sino porque a lo mejor dentro de las obligaciones de un rey está el no poder desnudarse para tomarse un baño.

La otra que mencionaron fue la duquesa de Alba, según parece es otra de las personas con más peso estamental de la jerarquía nobiliaria, y que también había sido objeto de retrato indiscreto por parte de los pseudofotógrafos que se dedican a perseguir desnudos gratuitos.

Ni que decir tiene que no comprendo cómo la desnudez de una persona, sea esta quien sea, puede ser noticia. Más aún si esa desnudez es robada a momentos de intimidad de esa persona. Menos mal que alguna persona con ciertas luces se encargó de que esas fotografías no se publicaran nunca, y pese a que reconozco que muy probablemente si los personajes públicos e incluso aquellos que ostentan cargos de relevancia social reconociesen su afición por el nudismo nos beneficiaría con mucho al colectivo naturista y también a ellos mismos pues con la normalización del desnudo dejarían de ser objeto de los objetivos, soy plenamente consciente de que una fotografía robada jamás debiera publicarse. Sólo el verdadero informador sabe como obtener la noticia sin necesidad de robarla.

Xouba

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