Un arma peligrosa.

En estos días en los que parece que siempre hay una cita obligada con los recuerdos que te han dejado los amig@s, al menos para enviarle la postal y no quedarte con mal sabor de boca cuando recibas la suya, tengo por costumbre tirar de los álbumes de fotos para revivir con la intensidad que requiere aquellos momentos en los que la luz jugó con una película y hoy reactiva mi ‘morriña’. Hacía tiempo que no llegaba tan atrás en mis álbumes y me encontré con aquella primera serie de fotos que un buen día tomamos en la playa, con la particularidad que era la primera vez que lo hacíamos desnud@s.

No puedo evitar reirme de nuevo al escribir estas lineas y por eso quiero compartir esta sonrisa contigo.

Siempre he sido muy aficionado a la fotografía, creo que tenía catorce o quince años cuando cayó en mis manos la primera cámara réflex que tuve, y me enamoró. Jugar a ciegas con los diafragmas, obturadores, enfoques, flash, encuadres, y toda las técnicas que se requieren hasta obtener buenas fotos me apasionó. Recuerdo la impaciencia de esperar el revelado y las decepciones de perder esos momentos irrepetibles por culpa de un mal foco o una luz que se me había colado. Errores que con el tiempo, la práctica, y muchísimo dinero gastado en los revelados he aprendido a minimizar, porque alguno aún se me cuela a veces.

A los diecisiete o dieciocho años, la cámara se convirtió en mi amiga inseparable, y me acompañaba siempre. Ya no necesitaba ninguna ocasión especial para apretar el disparador, sólo necesitaba ver ese objeto, ese rostro, ese instante que me gustaría inmortalizar; y así hacía. Excepto, cuando íbamos a la playa. Y no porque la cámara no me acompañase, sino porque cada vez que asomaba por una esquina de mi mochila, siempre algun@ de l@s del grupo advertía medio en serio, medio en broma, que la dejara en su sitio. Más de una vez echamos en falta -sobre todo yo- la posibilidad de salvaguardar para la posteridad esas anécdotas que siempre, siempre, surgen en el grupo. Y un día previo aviso, me decidí a sacar la cámara con toda la intención del mundo de acribillarl@s a disparos.

Recuerdo perfectamente el momento -las fotos me han ayudado a hacerlo- en el que propusieron un chapuzón, y como con toda naturalidad del mundo les dije que fueran yendo para el agua que iba a cojer la cámara para sacar unas fotos. Más de un@ soltó el típico “no te atreverás!!”, mientras que con mi mejor sonrisa cínica les contestaba que “claro, que no”. Allá iban tres chicas y dos chicos hacia el agua cuando desde atrás les sorprendí con una advertencia para que se girasen. Inolvidable. Las caras de sorpresa, susto, cabreo, vergüenza, y hasta dolor, quedaron grabadas en esa primera toma. Recuerdo los gritos, sobre todo de ellas. En las siguientes tomas -porque dejé presionado el disparador, sabiendo que el momento sería irrepetible- se aprecia como llevaron sus manos hacia sus genitales, sus pechos, incluso su trasero, intentando cubrirse. Luego las chicas corren a ocultarse detrás del más grueso de mis amigos, y al comprobar lo inutil del resultado y que yo seguía ametrallándolas con mi cámara, las siguientes fotos recojen una carrera hacia el agua y el oportuno chapuzón. Luego, risas, muchas risas. Carcajadas de las que hacen doler el pecho y las mandíbulas. Nos reiamos sin saber de qué, si de lo absurdo de la situación, de las reacciones, de los nervios, o simplemente de haber vivido un momento irrepetible.

Al día siguiente me planté en la playa con las fotos en la mano. Tod@s querian copias, y tod@s volvimos a reirnos recordándolo. Como ahora.

Después de ametrallar su vergüenza, herir de muerte el último atisbo de un absurdo textilismo. Mi peligrosa arma se afanó ese verano y ya para siempre de salvaguardar en papel -y hoy en formato digital- esos recuerdos que nunca debieron perderse y que tienen la virtud de arrancarme sonrisas y carcajadas cada vez que caen de nuevo en mis manos. Aunque lo más importante no es eso, sino que reduzca a la nada la distancia que me separa de aquell@s amig@s, y que ahora -sin ell@s saberlo- me acompañan mientras escribo estas palabras.

Xouba

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