Yo tampoco.

Hoy la he vuelto a ver. Estaba en el hipermercado y la ví mirando algo en el frigo de los congelados. Estaba como siempre. Guapísima. Su melena conserva el reflejo de la negra oscuridad, sus ojos son profundos como los de entonces, y su piel se apreciaba tersa y suave como hace quince años.

Media vida después, me la he vuelto a encontrar y junto con ella infinidad de recuerdos se agolpaban en mi mente y durante segundos me quedé paralizado, dudando entre hablarle o desterrar unas palabras sin sentido y que han estado guardadas en lo más profundo de mi intimidad.

Quizás suene a tópico, pero fue bonito mientras duró. Mi primer amor, que con tan solo quince años me arrebató el alma y el corazón. Con el que descubrí la humedad de un beso, unos labios que desprendían fuego, y una piel que quemaba las yemas de mis dedos al acariciarla. Durante un año y medio descubrimos juntos infinidad de sensaciones nuevas y no nos cansamos de repetirlas. Una de ellas era encontrarla tumbada a mi lado y tomando el sol totalmente desnuda. Me encantaba verla sonreir dibujando esa sonrisa a medio camino entre la picardía de la adolescencia y la inocencia de la niñez.

No me acerqué a hablarle, desvié mi trayectoria hacia otra zona del local, y no volví a verla. Mejor así. De esta forma me guardo las ganas de despedirme como en su día no lo hice. La distancia a la que se mudó a vivir aquel otoño era insalvable para mi renqueante bicicleta y que hasta entonces me permitía recorrer a diario los 15 tortuosos kilómetros que separaban mi casa de la suya. Las prometidas cartas, y las llamadas telefónicas del día en que se marchó más pronto que tarde fueron espaciándose, hasta que a uno de los dos nos faltó valor para enviar la siguiente.

Me costó más de dos años recuperar mi alma y mi corazón para poder entregárselo a otra mujer, y hoy me he dado cuenta que se había quedado un pedacito. Aunque yo tampoco le devolví nunca el suyo por completo. Guardo ese pedacito de cielo en el cajón al que van a parar los recuerdos, y de vez en cuando -como hoy- lo extiendo y lo utilizo para secarme la lágrima de nostalgia que recorre mi mejilla al recordar como se arrimaba a mi oreja y suavemente me susurraba “nunca te olvidaré”.

Yo, tampoco.

Xouba

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