Mi cartera.

Pero no me refiero a esa que llevo en el bolsillo con las fotos de la familia, el dinero de plástico y el vil metal; sino a esa otra que cada día y con una sonrisa me entrega sobres, certificados, y algún que otro pequeño paquete. Es joven y menudita, aunque con el trabajo que tiene y la premura que lleva siempre no es de extrañar que no se le acumule un gramo de grasa en su cuerpecito. Pese a las prisas siempre tiene unas palabras de agradecer que rompen la monotonía del trabajo.

Un día me la encontré desnuda en la playa, estaba con su novio -también desnudo-, y casi por inercia me acerqué a saludarla. No me vio acercarme ya que estaba enfrascada repartiendose bronceador por su cuerpo pero la sorpresa que le dí no fue bien recibida. Me saludó cortesmente pero inmediatamente y sentada como estaba plegó sus rodillas contra su pecho olvidándose los grumos de bronceador que todavía se apelotonaban en sus brazos. Su sonrisa forzada me invitó a marcharme pero me retuvo su novio, que al parecer, tenía ganas de conversación y allí estuvimos de pie, delante de ella charlando un rato. Mientras tanto ella no se movió ni un ápice, sólo cuando me despedí se limitó a levantar la mano condescencientemente.

La he vuelto a encontrar más veces en la playa, alguna vez casi me ha resultado difícil no acercarme saludarla aun a costa de parecer maleducado. Su novio sí que ha saludado en cuanto me ha visto, incluso me ha buscado para charlar un rato, ella no. El motivo, de sobra conocido, es el rubor, temor, vergüenza, o ell@s sabrán lo qué, porque yo nunca lo he experimentado y no puedo hablar de lo que no conozco. Lo que sí conozco es esa reacción que, al igual que mi cartera, he podido ver en otr@s que gustan de tomar el sol desnud@s pero no vivirlo y compartirlo con los demás. ¿Se les puede llamar naturistas?. Dependerá de la acepción que querramos tomar de la palabra naturismo; a priori -para mí-, lo són, aunque se avergüenzan de serlo. Les falta un poco de educación naturista y sobre todo un poco de autoestima para vencer esa vergüenza de su naturaleza ante l@s demás.

Por cierto, cada mañana vuelve a mi con una madeja de cartas y su sonrisa en la boca. No hemos hablado de nuestro encuentro, ni de las veces que -aunque de reojo- nos hemos visto en la playa. Un día de estos le saco el tema, pero intuyo una evasiva por respuesta. Quién sabe.

Xouba

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