Ley de la gravedad.

Un día mantuve una agria discusión con un grupo de amig@s que -según ellos- se decían naturistas. Aparentemente y tras unos cuantos minutos de conversación así los califiqué yo también, pues conocian lugares, colectivos, pautas de comportamiento y de uso, y sobre todo sus derechos que estaban dispuestos a ejercerlos sin titubeos. Afirmaban que se habían desnudado en sitios habitualmente frecuentados por textiles por el simple hecho de defender el naturismo. Extremo que en determinadas condiciones comparto pero habitualmente no practico.

Aunque su “naturismo” tenía fecha de caducidad. Sí, puede parecer extraño, pero la primera en hablar del tema fue una chica cuando afirmó que con el paso de los años y si su cuerpo ya no era el que ella considerase “agradable” para la vista dejaría de desnudarse renunciando al naturismo en función de un cierto canon social. Mi sorpresa fue mayúscula, acompañada de una risa ahogada y poco disimulada. Se acrecentó más mi sorpresa al ver que el resto del grupo, con más o menos matices, compartía su postura.

Argumenté que el naturismo era una decisión personal que no se debía ver interferida por nada y por nadie, y que todos esos principios que ahora defendían no tenían fecha de caducidad, al contrario -como los buenos vinos-, con el tiempo adquieren más valor. Mi conclusión era que más que naturistas, podrían calificarse (guardando las debidas distancias) como exhibicionistas. Tal vez, la palabra elegida para calificar su actitud no fue la acertada porque generó varias respuestas poco afortunadas que no vale la pena reproducir aquí, aunque aclarada la “etiqueta” que les había colocado, volvimos al tema. Argumentaban que entendían su cuerpo como algo digno de mostrar, pero esa “dignidad” era implacable al tiempo y que para no perderla preferían renunciar. Asombrado no pude por menos que decirles que la dignidad que pedían era un sentimiento que se portaba con orgullo independientemente de los devaneos del reloj, y que tan digna era una persona de edad desnuda como vestida. ¿Acaso su dignidad estaba limitada por unas arrugas en la piel?. Pues sí. Contundentemente y casi al unísono respondieron que sí, que a ellos les parecía poco estético ver a una persona mayor desnuda entonces que por respeto llegado ese momento ellos también se cubrirían. Vale, de acuerdo, pero que lo hagan de pies a cabeza.

Evidentemente no llegamos a un punto de cordura y de encuentro en este tema así que tal y como estaba lo aparcamos, simplemente decidí cerrarlo con un fragmento de la definición de naturismo “respeto por uno mismo y los demás”, a lo que volvieron a darle la vuelta a mi frase para decirme que precisamente por eso por “respeto” a sí mismos darían ese paso de renunciar al naturismo. Concluí que no eran naturistas, simplemente personas que gustaban de estar desnudas y que utilizaban el argumento del naturismo para dar cobertura a esa afición, así que a poder ser que matizasen eso de su visión particular del naturismo porque flaco favor nos hacían al resto del colectivo si alguien ajeno se topaba con las explicaciones que estos cuatro le podían dar.

Para caldear el ambiente, ya que el nivel de la conversación lo había vuelto gélido cuan iceberg, una de las chicas dijo que a ella le quedaba poco de naturista, pues al estar embarazada (mis felicidades a ese retoño que estará a punto de llegar) más pronto que tarde la ley de la gravedad haría estragos en sus pechos. Efectivamente, la ley de gravedad no perdona, aunque más gravedad tiene la ley que ellos se autoaplican.

Xouba

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