Falsa memoria.

Hace una década (sí, puede que suene lejano pero peor sonaría si escribo ‘en el siglo pasado’), llegábamos un grupo de amig@s de la playa y una de las chicas nos invitó a merendar en su casa; y allí nos marchamos sólo tres, pues fuimos los que aceptamos su invitación. Su madre se alegró muchísimo de vernos y de recibir visita, era una mujer joven y llena de vida. Rápidamente nos contagió de su alegria y una vez sentados delante de las viandas y mientras dábamos cuenta de ellas comenzó por donde comienzan todas las mamás: disparando preguntas; y nosotros en nuestra candidez respondiendo sinceramente. Hasta que de repente soltó la pregunta del millón “¿y de qué playa venis?”; sin rubor le dimos el nombre de la playa, nudista -por supuesto- y condición que al parecer esta mujer también conocía y así nos lo hizo saber asíntiendole nosotros con unos golpecillos de cabeza sin más palabras.

Pero parece que la señora se quedó con la mosca detrás de la oreja e incidió en la estancia nuestra en la playa nudista dejando claro que ella no veía con buenos ojos que la “gente anduviera así”. Se tensó algo el ambiente y nuestras bocas comenzaron a masticar con más premura la merienda para así evitar responder al interrogatorio, y entonces su hija -nuestra amiga- salvó la situación diciendo que nosotros también nos poníamos igual que el resto de la “gente que anda así”. Y entonces, sucedió. La señora perdió las formas y el dulce verbo y comenzó a preguntarse porqué le sucedía eso a ella, porqué su hija la quería tan mal, y en qué se había equivocado. Cuando la joven respondió argumentando que no estaba haciendo daño a nadie, que no era pecado, que pusiera los pies en la tierra… la madre se encrespó más. Entretanto nosotros continuabamos con la cabeza baja y mastica que mastica el embutido de la bandeja, mientras nos mirábamos de reojo mi amigo y yo preguntándonos cómo salvar la situación y salir de allí disparados. Y casi como si se hubieran dado cuenta cesaron de increparse para nosotros salir al paso diciendo que ya nos íbamos que se hacía tarde, a lo que asintieron con bastante menos entusiasmo del que nos habían recibido minutos antes.

Al salir, mi amigo y yo, comentamos la jugada. Menudo marrón. No nos lo esperábamos de la señora, aunque por entonces tampoco era tan extraño una reacción así. Mañana ya nos contaría como había acabado todo.

Mal, acabó francamente mal. Según parece la madre una vez que nosotros salimos continuó con su retaila a la que su hija replicaba con tesón; se lió más la madeja cuando llegó el padre, que pese a aceptarlo mejor, el griterio de su mujer lo enfrentaba a la hija. Como conclusión y “sabia” decisión los padres acordaron que su niña no vendría más a la playa con nosotros, que éramos una mala influencia y eso que “parecíamos tan majos”, pero se ve que las apariencias engañan. Animamos a nuestra amiga diciendole que la situación no duraría mucho que pronto se olvidarían y todo volvería a la normalidad. Y así fue; tras unos días con sus papis yendo a la playa al poco volvió con nosotros como de costumbre.

Con el tiempo las amistades adolescentes se enfrian, y pasamos de estar todo el día juntos haciendo lo que nos venía en gana, a llamarnos para quedar con menos frecuencia de la que quisieramos, y luego a intercambiar unas palabras por la calle con promesas de volver a sentarnos y charlar de lo humano y lo divino como hacíamos antaño.

Y eso ocurrió este verano, pero no en la calle; intercambiamos unas palabras en la playa, en esa misma que de adolescentes visitábamos a diario. Me la encontré paseando por la orilla totalmente desnuda y a su lado en discreto “top-less” paseaba su madre.

Xouba

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