El disfraz.

Carmen es una persona muy agradable. Es mi inmediata superior laboral, y como tal desarrolla a la perfección su papel. Aprieta sin asfixiar y siempre con palabras de ánimo y reconocimiento a la labor que llevo a cabo. A sus bien llevados cincuenta y pico años suma una educación, refinamiento en los modos, dulcura en la palabra y amplitud de ideas que adherido a su gusto por el vestir, el cuidado personal, y las joyas la convierten en toda una señora.

Cada vez que entra en mi despacho con su vestido sin una arruga, su peinado en el que cada pelo ocupa su lugar, su capa de maquillaje y su tintieo de pulseras, cadenas y otros adornos, todo ello flanqueado por esa sonrisa en la boca acompañada de otra sonrisa en los ojos, me alegra la mañana, pese a que en algún momento también ha terminado tirándome de las orejas. Gracias a su forma de ser y cordial proximidad, alguna que otra vez hemos terminado cenando juntos con nuestras parejas, disfrutando de gratas veladas más allá de lo extrictamente profesional.

Este verano en la playa de Barra (¡¡fantástico arenal la playa de Barra!!), paseando por la orilla con mi mujer me sorprendió una voz que me llamaba por mi nombre. Casi no me hizo falta darme la vuelta para verificar que era Carmen, paseando con su marido. Me confesó que creyeron vernos pasar y se acercaron a comprobarlo, pero ante lo acelerado de nuestro paso no le quedó más remedio que bramar mi nombre. Tanta sorpresa resultó para mí como para ella. Para mí porque jamás se me había pasado por la cabeza que podría encontrármela paseando desnuda por la playa, no por prejuicios, sino porque -pese a su afabilidad- la consideraba demasiado rígida y encajada en la sociedad y ámbito en el que se desenvolvía. Para ella, porque pese a compartir muchas confidencias nunca le había dicho que era nudista; a lo que le respondí que tampoco nunca lo había preguntado, ni tan siquiera habíamos tocado el tema.

Y afortunadamente, teníamos nuevo tema del que hablar. Porque Carmen, al igual que en otras facetas que yo ya conocía, era toda una experta. Me habló de playas fantásticas por toda la costa española, de calas ocultas en mi querida costa gallega, de sus visitas a centros naturistas nacionales y extranjeros, de la situación del naturismo español, de posibilidades de desarrollo, y de un montón de cosas más con las que me corroboró que intentaba estar informada al punto de todo aquello relacionado con su persona.

Pero a medida que iba trancurriendo la conversación, sin saberlo, Carmen derribó otro muro de la habitación en la que tenía colocada dentro de mi escalafón personal. Al poco me percibí de un bonito tatuaje multicolor que decoraba su pecho izquierdo, era un juego de una rosa cuyos pétalos eran pequeños corazones. Tampoco pude disimular mi sorpresa al ver el otro tatuaje que ascendía por su nalga derecha y que recorría su cadera; no aprecié el dibujo con detalle, pero resultaba agradable a la vista, aunque a mí me gustan más pequeños. Su habitual peinado se encontraba prieto y recogido dentro de una bisera de beisbol calada en su cabeza hasta la altura de las orejas. Dos discretos piercings apreciables a corta distancia decoraban sus pezones. Y finalmente y a medida que continuaba hablando no pude dejar de apreciar como su estética personal se completaba con la falta total de vello en todo el cuerpo.

Como ya apunté, no pude por menos que mostrar mi sorpresa ante el cambio de registro de la señora que algunas mañanas se plantaba en mi despacho. Así se lo hice ver (lo siento, soy muy franco) a lo que ella comentó que no era el único, que siempre que se ha encontrado con otra persona que la conoce en el ámbito profesional se sorprende al verla con los piercings, los tatuajes, o sin maquillaje. Continuó diciendo que es una fanática de la estética que porqué me extrañaba ya que si con ropa le gustaban los complementos, porqué desnuda tendría que renunciar a ellos. Además -prosiguió- la elección de esos complementos son los que diferencian un estilo de otro e incluso, bien elegidos, transmitían mucho de la personalidad de cada uno, haciendo una aportación mutua del complemento a la persona y viceversa. Una vez más me demostró que tenía las ideas muy claras con cada argumento que me reportaba, y que ayudaba a enriquecerme y conocernos un poco mejor.

Finalmente hizo un símil relativamente simpático, comparando el mono de trabajo de un obrero de la construcción con la ropa de faena que ella se ponía para ir a la oficina. Lo completó hablando de la presión social a la que nos veíamos sometidos l@s naturistas que se traduciría en una falta de respeto si por ejemplo otr@s compañer@s de oficina la vieran desnuda. “Así es como soy, y como me gustaría vivir; pero para ciertas cosas me pongo el disfraz”, haciendo alusión a las ropas con que habitualmente la vemos.

Ahora, entre bromas, muchas veces cuando entra en mi despacho acompañada de su impertérrita sonrisa, tras mi buenos días de rigor la piropeo con la frase “bonito disfraz“.

Xouba

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